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Rodolfo walsh ¿quién mató a rosendo? Ediciones de la flor


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7. CONCLUSIÓN

Hasta aquí la historia del caso Rosendo García, con algunas, no todas, sus implicaciones. No quiero cerrarla sin decir lo que a mi juicio significa.

Hace años, al tratar casos similares, confié en que algún género de sanción caería sobre los culpables : que el coronel Fernández Suárez sería castigado, que el general Quaranta sería castigado.

Era una ingenuidad en la que hoy no incurriré. Sin­ceramente no espero que el asesino de Zalazar vaya a la cárcel; que el asesino de Blajaquis declare ante el juez; que el matador de Rosendo García sea siquiera molestado por la divulgación de estos hechos.

El sistema no castiga a sus hombres: los premia. No encarcela a sus verdugos: los mantiene. Y Augusto Vandor es un hombre del sistema.

Eso explica que en tres años la policía bonaerense no haya podido aclarar el triple homicidio que nosotros aclaramos en un mes; que los servicios de informacio­nes, tan hábiles para descubrir conspiradores, no hayan desentrañado esta conspiración; que dos jueces en tres años no hayan averiguado los ocho nombres que falta­ban y que yo descubrí en quince minutos de conversación, sin ayuda oficial, sin presionar a nadie ni usar la picana.

No se trata, por supuesto, que el sistema, el gobierno, la justicia sean impotentes para esclarecer este triple homicidio. Es que son cómplices de este triple homicidio, es que son encubridores de los asesinos. Sin duda ellos disponen de la misma evidencia que yo he publicado y que en otras circunstancias servirían para encarcelar a Vandor y sus guardaespaldas. Si no lo hacen es porque Vandor les sirve. Y si Vandor les sirve es, entre otras cosas, porque esa amenaza está pendiente sobre él. El poder real de Vandor es hoy el poder de Onganía, el poder de San Sebastián. El vandorismo es una pieza necesaria del sistema.

Ya hemos visto que esa complicidad entre Vandor y el sistema no se reduce al caso Rosendo García, que dentro del mecanismo general de corrupción y violencia, de acuerdos y traiciones que en mínima parte reseña­mos, el caso Rosendo García es, en efecto, una “anécdo­ta”, pero una anécdota que desnuda la esencia del van­dorismo: ningún otro factor aislado ha contribuido tan­to a quebrar la resistencia del movimiento obrero y en­tregarlo atado de pies y manos al gobierno de los mo­nopolios.

Esto fue posible porque efectivamente Vandor y mu­chos de los hombres que lo rodean habían luchado en su momento, y al defeccionar provocaron en los trabaja­dores esa tremenda quiebra de confianza que sólo es comparable a la que produjo en el país entero el frondizismo. La traición de un líder es más difícil de superar que la oposición de un enemigo abierto. Por eso pudo decir con legítimo derecho uno de los sobrevivientes de la matanza de La Real: “Vandor es peor que los pa­trones”.

Los ríos de tinta que en mayo y junio de 1966 pre­sentaron a los agresores como víctimas y a los atacados como asesinos, no han desandado su curso hoy que el “misterio” está aclarado. La prensa del régimen no ha retirado una coma de lo que falsamente dijo. No espe­raba yo otra cosa. Esta denuncia ha transcurrido en el mismo silencio en que transcurrió “Operación Masacre”. No es la única semejanza. Tanto en un caso como en otro se asesinó cobardemente a trabajadores desarmados como Rodríguez, Carranza y Garibotti, como Blajaquis y Zalazar. En mayor o menor grado estos hombres re­presentaban una vanguardia obrera y revolucionaria. Tanto en un caso como en otro los verdugos fueron hom­bres que gozaron o compartieron el poder oficial: esa es la afinidad que al fin podemos señalar entre el coro­nel fusilador Desiderio Fernández Suárez, y el ejecutor de La Real, Augusto Timoteo Vandor.

Ese silencio de arriba no importa demasiado. Tanto en aquélla oportunidad como en ésta me dirigí a los lectores de más abajo, a los más desconocidos. Aquello no se olvidó, y esto tampoco se olvidará. En las paredes de Avellaneda, de Gerli, de Lanús, ha empezado a apa­recer un nombre que hace mucho tiempo que no apare­cía. Sólo que ahora va acompañado de la palabra: Ase­sino.

EPÍLOGO DEL EDITOR
Desde mayo de 1966, los protagonistas de esta historia encontraron la forma de continuar participando de la ar­dua militancia sindical y hasta hubo alguno que logró esca­lar posiciones en la política.

A los hermanos Villaflor la tragedia los envolvió sin piedad.

Raimundo, de quien Walsh escribió el cálido retrato que ocupa el primer capítulo de este libro, desapareció en agosto de 1979, cuando seguía siendo un militante de base del gremio metalúrgico. Junto con él desapareció su compañera, Elsa Martínez. Y un día antes fueron secues­trados Josefina Villaflor, la otra hermana de Raimundo, y su esposo, José Luis Hassan. La larga mano de la represión militar se cebó con los Villaflor, esa familia de activistas que en Avellaneda representaban una tradición de hom­bres y mujeres a los que se podía matar, pero no comprar. Josefina Villaflor era asesora gremial de la Federación Grá­fica Bonaerense cuando desapareció, en los tristes días de 1979. Y otra Villaflor, la Azucena Villaflor que las Ma­dres de Plaza de Mayo levantaron como bandera de todas ellas, madre de un muchacho que desapareció acompa­ñado por su novia, también fue secuestrada en septiembre de 1977, en Sarandí, a dos cuadras del puente. De los Villaflor sobrevivió Rolando, a quien Walsh dedica el tercer capítulo de este libro, que sigue siendo obrero metalúrgi­co, cuida a los hijos de Raimundo y, apartado temporariamente de la vida sindical, con su sola presencia recuerda el pasado combatiente de una Avellaneda de fábricas que ya no existen y de obreros que han emigrado. Y un primo de Raimundo y Rolando, el gráfico Osvaldo Villaflor, después de ocho años de exilio en Perú y México, al cabo de casi un año de prisión, es la presencia viva de una leyenda fa­miliar señalada por el coraje y la persecución.

Otros, por el contrario, hicieron carrera política. Nor­berto Imbelloni, cuya confesión permitió a Walsh recons­truir lo que había pasado en La Real de Avellaneda, es real­mente el mismo diputado Norberto Imbelloni elegido en 1983.

La pista de otros testigos y protagonistas se ha perdido en la historia de la ciudad, en los relatos de la represión y del exilio. Es posible que algunos cayeran sin nombre, cuando las dos vertientes del sindicalismo peronista, que Walsh revisó de cerca en este libro, se enfrentaron con vio­lencia.

Escribir la historia de los Villaflor después de La Real es un tema que hubiera apasionado a Walsh. El Editor so­lamente desea dejar impresa la noticia de la suerte diversa que acompañó a algunos de estos hombres a quienes un aparente hecho policial introdujo para siempre en la his­toria de la literatura política argentina contemporánea.




1 Con excepción de una nota aparecida en Primera Plana

2 Carlos Monteagudo: Vida de Juan N. Ruggiero, citado por Norberto Folino en Barceló, Ruggierito y el populismo oligárquico.

3 Ver croquis.

4 Semanario C.G.T., Nº 9, 27 de junio de 1968.

5 Ver croquis.

6 Ver plano. Las iniciales en el grupo ata­cado corresponden a Alonso, “Horacio”, Granato, Raimundo y Ro­lando Villaflor. Se marcan con puntos negros los lugares en que cayeron Zalazar y Blajaquis. En el primer grupo vandorista las iniciales corresponden a Juan Ramón Rodríguez, Añón y Luis (Costa). El hombre solitario sentado junto al ventanal de Sar­miento es Hacha (o Acha). En las mesas del propio Vandor, las iniciales corresponden a José Petraca,. Barreiro, Taborda (para­do), Safi, Raúl Valdés, Vandor y Cabo. Del lado opuesto de la mesa estaban sentados Gerardi, Rosendo (marcados con puntos negros en los sitios donde cayéron) e Imbelloni. La pericia esta­bleció dos áreas de tiro, marcadas con las letras “A” y “B”; la segunda corresponde a las mesas vandoristas, la primera a la puer­ta por donde salieron los miembros de este grupo. El proyectil nú­mero 4, que hizo blanco en el mostrador, es probablemente el que atravesó por la espalda a Rosendo García, dándole muerte. La prolongación de su trayectoria conduce a la silla de Vandor.


7 Que dará origen a un desdoblamiento sindical. Parte de los trabajadores están agremiados en SMATA. Otros forman sindi­catos por empresa.

8 Datos del Consejo Federal de Inversiones y C.G.E

9 En el breve período de una semana, que abarca esta defensa del vandorismo, “La Prensa” publicó, además, dos editoriales, dos cartas, una solicitada y decenas de declaraciones contra la ley de despido; seis editoriales antiobreros con títulos como éstos: “Anarquía en los ferrocarriles”, “Ocupación de una fábrica en Córdo­ba”; una foto de una máquina agrícola saboteada por un peón en el “King's Ranch”, de Santa Fe, y esa pieza antológica del resen­timiento que bajo el título “Entre ellos”, comenta el tiroteo de La Real.

10 Nueve carillas dactilografiadas bajo el título “Relaciones del Sindicalismo con el Poder Político”. En forma de reportaje, aparecieron condensadas en un semanario, a comienzos de 1967.
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