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Pilares del nacionalsindicalismo y el nacional catolicismo las mujeres nunca descubren nada franco legaliza la represi


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FRANQUISMO
“ ...y todos en apretado haz de hermandad y todos amparados por el árbol de la cruz; y todos en uno, que es Franco, y con Franco asido al costado de Cristo,

que es Dios: y todos...”


(“En pos del Caudillo”.. Calatayud y Gil)



  • PILARES DEL NACIONALSINDICALISMO Y EL NACIONAL CATOLICISMO

  • LAS MUJERES NUNCA DESCUBREN NADA
  • FRANCO LEGALIZA LA REPRESIÓN

  • DEPURACION


  • PRESTAMOS NUPCIALES

Esta etapa basada en los pilares del nacionalsindicalismo y el nacional catolicismo trató de desacreditar el régimen democrático anterior, afirmando que era el causante de la decadencia política y cultural, destacando los factores culturales y de género como culpables de la alteración de los valores sociales tradicionales como la irreligiosidad y muy especialmente el cambio de la situación femenina. Se decía que el feminismo y sus demandas de igualdad habían llevado a la corrupción de las mujeres y al rechazo de su misión biológica natural como madres. El “ángel del hogar”, la esposa y madre delicada y sumisa, se había deteriorado al otorgarle derechos políticos. Su única misión era la maternidad...Y todas sus aspiraciones respecto al trabajo, la educación, la actividad social y la emancipación se consideran una amenaza para su destino biológico como procreadoras de las futuras generaciones de la patria española. Las voces femeninas desaparecieron, sus organizaciones se dispersaron y se desautorizó su presencia recién adquirida en la vida pública.



Se dio paso a unos años de represión y letargo de la conciencia feminista. Se defendía la sumisión, la docilidad y la obediencia. Se volvió a clasificar a la mujer como ángel, virgen y puta. Muchas mujeres fueron brutalmente reprimidas, encarceladas o ejecutadas a causa de su actuación en la Guerra Civil .
La práctica política en un Estado dictatorial, cuyo eje principal es el ejercito, está basado en principios ideológicos, conservadores y reaccionarios basados en la autoridad y la jerarquía que nos lleva a la dominación y subordinación de la mujer. Es un estado androcéntrico, donde el varón ocupa el centro de la organización social. En torno a él, y bajo él, subordinados/as, oprimidos/as, se sitúan los demás sujetos, sobre todo las mujeres. Se refuerza el sistema patriarcal y las mujeres se convierten en pieza clave de su política y sistema de dominación, pues son las que reproducen y consolidan la base social de la dictadura y los valores que la garantizan. Se intenta crear la mujer esposa y madre, que se va modelando a través de la legislación, la Sección Femenina y el apoyo ideológico y práctico de la Iglesia Católica. La mujer se ve constreñida a realizarse a través de su marido y de sus hijos, intentando hacerle creer que las necesidades emocionales (afecto, seguridad) las van a conseguir a través de la familia. Pero el marido tendrá que ganar tal cantidad de dinero en distintas actividades que muy pocas veces por semana podrá estar con sus hijos y su esposa. Ella tendrá que renunciar a todo tipo de realización personal que vaya más allá del ámbito familiar y, en el caso de que realice algún trabajo fuera de la casa, se le considerará como auxiliar y secundario, viéndose obligada a una doble ocupación, dentro y fuera del hogar, que por agotador no contribuye tampoco a su propia realización. Este texto de Carlos Castila del Pino nos resume lo que se pensaba de la realización de la mujer: “...la vida de pareja supone hoy día el empobrecimiento de la mayor parte de las mujeres”. En tal situación a la mujer sólo resta, como última instancia que psicológicamente le ayuda a sobrevivir, la conservación del varón. De prescindir de él, no queda nada que pueda ofrecer como expresión de su realización.1
Más tarde el Estado “necesita” a las mujeres como fuerza de trabajo más barata que el hombre y las incorpora al sistema laboral, pero subordinadas y diferenciadas respecto al varón y sin romper el modelo esposa – madre. Las primeras leyes tienen como meta derogar los derechos igualitarios concedidos por la República. Son leyes que relegan a las mujeres a lo privado y doméstico. Todo recogido en el “Fuero del Trabajo” del 6 –3- 38 dónde: ”Se reconoce a la familia como célula primaria, natural y fundamento de la sociedad...” por lo que se crea la concesión de subsidios familiares, premios a la natalidad, y ventajas para las familias numerosas. En lo laboral la legislación las discrimina privándolas del plus familiar que le dan al cabeza de familia, la obligación de abandonar el trabajo al casarse y la prohibición de ejercer determinados trabajos (abogados del estado, notarios, cuerpo diplomático, judicatura, etc). En la escuela se suprime la coeducación (4 –9 - 36), se penaliza el aborto (10 – 3 - 41), en el 44 se reforma el Código Penal para reimplantar los artículos referentes a crímenes pasionales, adulterio y amancebamiento. La primera jueza fue en 1971 como miembro del Tribunal Tutelar de Menores, Conchita del Carmen Venero. El 20 – 9 – 70 se suprimía la discriminación en el aprendizaje que permitía a las mujeres mantener su puesto de trabajo al casarse.
El Caudillo encomienda a la Sección Femenina la tarea de formar a todas las mujeres de España, constituyendo una parte fundamental del Movimiento. En la concentración homenaje de Medina del Campo el 30 – 5 - 1939 queda delimitada la función asignada a las mujeres: “estamos aquí reunidas sólo para festejar nuestra victoria y honrar a nuestros soldados. Porque la única misión que tienen asignada las mujeres en la tarea de la Patria es el Hogar

El modelo de mujer que formula la Sección femenina entronca con la tradición católica más conservadora. Junto a la maternidad se exalta la feminidad como fragilidad, sumisión y espíritu de sacrificio. Con ello desaparece su capacidad intelectual, creativa y critica convertida en sombra del hombre. Así decía Pilar Primo de Rivera, fundadora de la Sección Femenina, como propuestas a los mandos: “Para orientar esta formación (de la mujer)...además de darle a las afiliadas la mística que las eleva, tenemos que apegarla con nuestras enseñanzas a la labor diaria, al hijo, a la cocina, al ajuar, a la huerta; tenemos que conseguir que encuentre allí la mujer toda su vida, y el hombre todo su descanso... La única misión que tienen asignada las mujeres en la tarea de la patria es el hogar” El medio rural es el mas idóneo para desarrollar el modelo de mujer y se crean las granjas – escuela que pretenden ayudar a las mujeres a montar pequeñas industrias domésticas y más tarde las Cátedras Ambulantes.

En los 50, el declive de Falange obliga a la Sección Femenina a burocratizar sus tareas en tres frentes: la Formación Nacional Sindicalista, la formación religiosa y la preparación de las mujeres para el hogar. Para ello creó el Servicio Social para mujeres solteras de 17 a 35 años. Controló la educación en sus tres niveles: las maestras de primaria debían ser todas de la Sección Femenina y asistir a sus cursillos, en la Segunda Enseñanza desde 1941 se incorpora la asignatura de Hogar que es un “catálogo obsoleto de obviedades domésticas” y en la Universidad estaba la asignatura de “Formación del Espíritu Nacional”.

Como resultado las mujeres quedaban alejadas de los centros de poder y decisión, tanto en las Cortes como en el Consejo Nacional y en la administración Local. Las pocas que accedieron eran de la Sección Femenina o representan a las cabezas de Familia. La Sección Femenina perduró hasta la entrada de la democracia.



La Iglesia también puso su doctrina y su acción pastoral para la creación y formación de ese modelo de mujer, esposa y madre. Quería recomponer la sociedad corrompida por la República. Así, el matrimonio canónigo era el único válido, por lo que hubo matrimonios que tuvieron obligatoriamente que formalizar sacramentalmente el matrimonio civil que habían celebrado durante la República. Si no lo hacían quedaban excluidos de los puntos y subsidios familiares, del Seguro de enfermedad y de la Seguridad Social.

Otro aspecto que preocupó a las autoridades fue la moralidad pública y en especial la femenina, siendo la policía la encargada de hacer guardar las normas morales en las calles y parques de las ciudades.


Se crea la Acción Católica, donde las mujeres tuvieron un gran papel. Con la creación de la HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica) la iglesia se acercó al mundo del trabajo con la doble fidelidad al evangelio y a al clase obrera, denunciando la situación de injusticia que vivía España en los años 50, luchando por su transformación, reclamando un salario justo para todos y todas como principio de igualdad. Era un planteamiento nuevo que gran parte de la Iglesia rechazaba, pero que originó formación para los trabajadores y el acceso de las mujeres al mercado de trabajo.
Las mujeres de los años 40 y 50 se diferenciaban por la clase social a la que pertenecían, unida esta a la posición de “triunfadora ” o “derrotada”. Para unas bajo la tutela oficial con dificultades, pero con un cierto bienestar cada vez mayor. Las otras estaban marcadas por el hambre, la miseria y el miedo, en un ambiente de fuerte control social, bajo la mirada de la Iglesia y la policía. En los años 40 la emigración del campo a la ciudad es evidente en busca de una vida que les permitía trabajar y comer. Tanto en el campo como en la ciudad las mujeres y las niñas realizaban largas jornadas laborales y el doble trabajo, fuera y dentro del hogar. Pero todo esto hemos aprendido a excluirlo de la historia que hemos estudiado. Necesitamos reconstruir cada historia personal para formar la historia colectiva de los pueblos.

En 1940 el analfabetismo era de un 23,2% de las mujeres. Bajó a un 12,3 % en el 70, pero todavía duplicaba el de los hombres.

Las mujeres derrotadas, identificadas con la República, fueron víctimas de una cruel represión. Pagaron por ellas y por los hombres de sus familias. En 1939 fueron detenidas 30.000 mujeres y unas 1.000 condenadas a muerte y ajusticiadas. En 1946 en la cárcel de mujeres de Las Ventas en Madrid, debido a las durísimas condiciones de vida, provocaron las primeras huelgas de hambre. En una celda para 2 personas estaban 21. También estuvieron en la cárcel mujeres que en la posguerra estaban en la resistencia y actuaban como madres, esposas, hermanas o enlaces de la guerrilla. Estas pueden considerarse como el germen de los movimientos de mujeres que surgen en los años 60 ó 70.

El desarrollo económico, que inducía a nuevos hábitos de consumo y la búsqueda de un mayor bienestar, hacía ver con buenos ojos el trabajo de las mujeres y se aceptaba porque aumentaba la capacidad adquisitiva de la familia, convirtiendo su salario en factor de movilidad social, al permitir el estudio de los hijos /as. La doble jornada de trabajo para las mujeres era cada vez más frecuente para todas las mujeres de las distintas clases sociales. La incorporación de los electrodomésticos, la ropa confeccionada, la nueva industria alimenticia, aligeraron el trabajo de la casa .

El aumento del nivel de escolarización femenina, aún con en sistema educativo fuertemente clasista, conseguirá para las mujeres un mejor trabajo remunerado, aún estando discriminadas, ya que en la mentalidad y los comportamientos primaban los estudios de los varones de la familia.



La familia también empezaba a cambiar a consecuencia de los cambios económicos y sociales que se estaban produciendo. La independencia de muchos jóvenes, que abandonaban su pueblo en busca de sus propios medios de subsistencia y de una vida propia e independiente, hacían perder a la autoridad patriarcal todo su poder.
Todos estos cambios hicieron posible que la sociedad avanzara, mientras las leyes estaban totalmente desfasadas de la realidad social. Pero habrá que esperar a la entrada de la Democracia para que el movimiento feminista, junto con todas las fuerzas política y sociales, hicieran posible el refrendo popular de la Constitución en 1978, que recogía la igualdad de los españoles ante la ley sin que prevalezca discriminación por sexo,... Pero habrá que esperar mucho más hasta que en la práctica esto llegue a realizarse.
Fueron muchas las mujeres que en el periodo franquista continuaron su lucha política en el exilio forzoso, unas poniendo tierra por medio dentro de España y otras en movimientos democráticos y clandestinos de oposición a Franco. Llevaban las experiencias y los conocimientos adquiridos en las duras circunstancias de la guerra en su interior. Con ellos pudieron poner en practica las estrategias de supervivencia durante los aún más desoladores años de la posguerra, sin perder de vista sus derechos. Las generaciones educadas en esa época no pudieron beneficiarse de la experiencia de sus antecesoras y durante más de 35 años fueron educadas bajo el código del ideal femenino de una mujer franquista y en la ignorancia de la práctica democrática del pasado. Sin embargo el historial femenino en la lucha contra el fascismo y la “civilización masculina” no se perdió por completo. A comienzos de los 70 los movimientos feministas, las activistas de la oposición política a Franco y las historiadoras especializadas en estudios sobre las mujeres, se las ingeniaron para reconstruir el eslabón perdido y recuperar la visibilidad y el papel de las mujeres en la guerra y la revolución .
En Valladolid, en el curso 1944-45, para poder hacer un examen en la Universidad se exigía haber ido los domingos a misa, por lo que se tenía que entregar los correspondientes cupones en la Iglesia de San Felipe Neri. Por aquella época en Zamora, en Semana Santa, iban de madrugada rezando por la calle y nombrando a través de los altavoces apellidos de ciudadanos para rogar, de esta manera, su conversión; conversión. Dicho sea sin temor a equivocarnos, podía pasar por las comisarías y terminar cuando menos en las cárceles, donde se les hacía cantar el “Cara al Sol” en posición de firmes, con el saludo fascista, brazo en alto. Las primeras Asociaciones de Amas de Casa revindicaron la promoción de la mujeres y los derechos políticos básicos proscritos por el régimen de Franco y pidieron la abolición de la pena de muerte, al protestar por las últimas ejecuciones de la dictadura en 1975.

Los sabios y técnicos de la actualidad deben instruir a las nuevas generaciones sobre las heridas que quedan, pues si no se tratan no pueden cerrarse. Hay que formar un juicio lo mas cercano a la realidad, contar todo aquel dolor que el régimen de Franco silenció durante décadas para no revelar aquellas situaciones, que muchos españoles padecieron sin el menor derecho a defenderse o ser oídos.
Y al acabar la Guerra no terminó todo. Empezó otra batalla mas dura para los vencidos. Sólo hablaban las armas del ejecito de Franco y sus colaboradores: campos de concentración, campos de trabajo forzado,... La historia lo confirma, aunque no esté escrito así. Algún día, alguien se encargará de escribir la verdadera historia.
Al vencido se le ha recordado siempre su condición de paria sin derechos, de español de segunda y aún de tercera. Esto se ha estudiado mucho, pero se ha divulgado poco. La historia ha quedado adormecida en el silencio, pero no en el olvido.
La tristeza de muchas personas sería menor, si se tuviera la valentía de recordar un poco por qué se produjeron las heridas que quedaron abiertas por dentro (aunque por fuera no se vieran). Pero se olvida por decreto, por miedo, por ignorancia, por no quedarse descolgados del toque que nos marcan,... Pero tenemos la obligación moral de recordar los hechos comunales que el grueso de la comunidad olvida. Con eso se frenan las heridas y curan .
Las heridas psíquicas y emocionales producidas durante o después de la guerra permanecen dolorosas y abiertas, porque la victoria de Franco las escarbó y ahondó durante 40 años. Luego la transición se olvidó de cerrarlas o de procurar algún alivio a las víctimas de aquella victoria.
El pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla.
El fin de la guerra y la instauración del nuevo régimen frenaron en seco todos esos avances, que sólo eran los primeros pasos, pero que anunciaban el comienzo de un camino que se bloqueó durante 40 años, hasta que la Constitución de 1978, en su artículo 14, reconociese la igualdad absoluta de derechos entre hombres y mujeres. La mujer nacida antes de la guerra vio frustrada cualquier aspiración de progreso social en igualdad de condiciones con el hombre, que hubiese soñado en los años de la República. Otra generación, nacida en la inmediata posguerra, tuvo que compartir este doloroso lastre de la historia en compañía de sus madres. Además vio cómo la reinstauración de la plena igualdad legal entre hombres y mujeres le pillaban un poquito mayor y tuvo que luchar más que su compañero varón para llegar al mismo sitio.

Como en todo el entramado del Estado, la alianza entre la Iglesia y el Estado para ningunear socialmente a la mujer funcionó a la perfección. El objetivo era claro: mandar a la mujer, a las pocas que habían conseguido salir, de vuelta a casa y quitarle al resto la mínima idea de intentarlo. Ya en 1938, cuando Franco, seguro de su victoria, comenzaba a organizar su particular reino, una orden ministerial establecióla tendencia del nuevo Estado a que la mujer dedique su atención al hogar y se separe de los puestos de trabajo”.

No fue sólo una proclamación teórica. Regulaciones posteriores fueron configurando el restrictivo papel que la mujer española debía jugar en la nueva sociedad. La legislación es amplia, pero dentro de ella es muy significativo el derecho que, el 22 de febrero de 1941, estableció los denominados “prestamos a la nupcialidad”. Eran unas ayudas económicas que las parejas que iban a casarse recibían, dependiendo de sus niveles de ingresos, para devolver después a la Caja de Subsidios, a plazos y sin ningún tipo de interés. La ayuda decretada para las mujeres eran de cinco mil pesetas, el doble de la que recibían los hombres. Pero tal generosidad no era gratuita. La mujer la recibía a cambio de una condición: el compromiso de renunciar a su puesto de trabajo después de contraer matrimonio y a no tener ningún otro empleo mientras el marido no estuviese en situación de paro forzoso o incapacitado para el trabajo. “Se pretende con esta medida que la mujer se dedique exclusivamente a la casa y con ello se favorece además la demanda de trabajo”, dice el jefe provincial del Subsidio Familiar de Madrid en una entrevista de la época.

Esta política de discriminación laboral se aplicó muy especialmente en las grandes empresas públicas, tanto nacionales como municipales. En muchas de ellas, sirvan Telefónica o el Metro de Madrid como ejemplos, se exigía como requisito a las mujeres que aspirasen a uno de sus puestos de trabajo, la condición de que fueran solteras. Además, la reglamentación laboral de estas empresas contemplaba la obligación de la mujer de abandonar su puesto de trabajo en el momento de casarse. Es verdad que en ocasiones esta norma se salta a la torera con el consentimiento de la empresa. Así la confiesa, en febrero de 1941, una taquillera del Metro a la que un periodista de la revista le pregunta:



  • ¿Es cierto que no os podéis casar?

  • Eso era antes –responde la taquillera -. Ahora con la orden, aunque no se ha derogado, se hace la vista gorda. Se pone una mala tres días y a la vuelta hay que llamarla señora. Eso es todo.

Y había que llamarla señora. Ésa era una de las primeras cosas que se aprendía en al famoso Club Medina, donde las militantes de la Sección Femenina y las chicas que cumplían el Servicio Social manejaban libros, como el de Economía doméstica, en los que se establecían las reglas de comportamiento social que debe seguir una mujer cuando contrae matrimonio.

“Cuando estéis casadas, pondréis en la tarjeta vuestro nombre propio, vuestro primer apellido y después la partícula “de” seguida del apellido de vuestro marido. Así: Carmen García de Martín. En España se dice señora de Durán o de Peláez. Esta fórmula es agradable, puesto que no perdemos la personalidad, sino que somos Carmen García, que pertenece al señor Martín, o sea, Carmen García de Martín”


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LAS MUJERES NUNCA DESCUBREN NADA

La tan agradable partícula “de” situó a la mujer durante décadas en segundo plano social, aunque la propaganda de la época, para compensar, se empeñase en repetir una y otra vez la dignidad mayúscula que para ella suponía asumir su condición de madre. Desde los consultorios de las revistas femeninas, desde los púlpitos , desde las tribunas de los mítines fascistas, se recordaba sin sutileza, con groseras argumentaciones, esta condición subalterna de la mujer respecto del varón. Y no eran sólo hombres quienes lanzaban esta tipo de arengas. Hubo también muchas mujeres que contribuyeron a difundir esta doctrina discriminatoria convencidas de que las cosas tenían que ser así. Entre ellas destacó una, Pilar Primo de Rivera. En su caso la partícula “de” no significa matrimonio con el señor Rivera. En febrero de 1.943, en un discurso ante el Primer Consejo Nacional de Magisterio, afirmó: “Las mujeres no descubren nada: les falta desde luego el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles. Nosotras no podemos hacer nada más que interpretar mejor o peor lo que los hombres han hecho.”

Es verdad que para interpretar algunas de las cosas que algunos hombres de la época hacían tampoco se necesitaba talento creador alguno. El presbítero Ricardo Aragón, por ejemplo, se dedicó a hacer libros como El Matrimonio, de 1941, en el que pueden leerse lindezas como estas: ”El marido es superior, es cabeza de la mujer, y ella, no obstante, le es igual, sin perder los derechos de la superioridad. La mujer es súbdita, está supeditada al hombre”.

Las mujeres “de…” no trabajan fuera de casa. Muchas solteras, tampoco. Había trabajos prohibidos por ley a la mujer, ya fuera casada, soltera y otros que, sencillamente, no estaban bien vistos. La revista Y de la Sección Femenina –septiembre de 1.941 – tan aplicada siempre en la difícil tarea de orientar directamente a las mujeres españolas, recoge el catálogo de carreras a las que puede optar la mujer que necesita del trabajo para vivir. Estas eran, por este orden: secretaria, modista, representante, institutriz, maestra, practicante, empleada de institutos de belleza o telefonista.

Se recomienda como la profesión más adecuada para la mujer la de maestra, por las cualidades morales que acompañan a todas las mujeres. La de telefonista también se considera muy apropiada aunque restringida: para acceder a un puesto de telefonista hay que ser soltera, joven, menor de 24 años, y sana, ya que las seleccionadas son sometidas a un minucioso reconocimiento medico, cosa que no ocurre en otras profesiones. La universidad, aunque no se desaconseja, se relega a la última posición de la lista de preferencias y se recuerda que para hacer estudios superiores la mujer debe ser “inteligente y aficionada al estudio”. ¿Acaso el hombre no? Si aún así la mujer se lanza a la universidad, aunque puede elegir otras, se les recomienda como las carreras más indicadas para su condición femenina las de Filosofía y Letras y Farmacia.

La misión en la vida de las “señoras de …” era la de mantener su casa, atender en todo a su marido, darle muchos hijos y ocuparse casi en exclusiva de cuidarlos y educarlos. Una tarea en la que la mujer podía hacer carrera, según leemos en la misma revista : “La verdadera carrera de la mujer es la de madre de familia. Estamos de acuerdo que es a la que deben todas aspirar, exceptuando un escaso número que otras vocaciones más sublimes puedan acaparar”.
Si una no es monja, lo normal es que sea madre de familia, se viene a decir. Por si no queda clara la importancia de esta misión femenina, la Economía Domestica, de la Sección Femenina, se encarga de recordarlo “La función social de la mujer es precisamente la de servir en su hogar en aquellas funciones que el hombre no puede desempeñar porque está en otros menesteres” .

Servía en el hogar, pero no tenía capacidad para controlar el elemento fundamental en la administración de la casa: el económico. El dinero lo ganaba el marido. Una parte se guardaba en el banco en cuentas a su nombre y sólo él podía manejar; la otra parte también la administraba personalmente el hombre, controlando hasta el último céntimo que daba a su mujer, a cuenta gotas, para los gastos cotidianos de la casa. El vínculo indisoluble, consagrado en el sacramento del matrimonio y apuntalado con la derogación de la ley del divorcio, era una tontería comparado con el consagrado vínculo que confería al matrimonio la dependencia económica de la mujer respecto al marido.



No faltaron los hombres que terminaron con su matrimonio mediante el expeditivo método de irse un día de casa “a por cigarrillos”, llevándose todo el patrimonio. Sin embargo, en el caso contrario, cuando una mujer veía hacer aguas su matrimonio no podía permitirse algo parecido, si no era asumiendo el riesgo de quedarse en la calle, repudiada en ocasiones por su propia familia, que seguramente no aprobaría una actitud así. La situación era especialmente dramática cuando el marido fallecía. En una época en que no existía una protección social universal, como ahora la conocemos, quedarse sin marido era quedarse sin sustento y desde entonces la vida se le hacía a la viuda y a los huérfanos especialmente cuesta arriba.
En 1969 la situación de las mujeres españolas era tan vejatoria y alienante que había artículos en el Código Civil como el 1263 que situaba a la mujer casada entre los menores, los locos o dementes y a las personas sordomudas que no saben leer ni escribir. El artículo 57 obligaba a la mujer a obedecer al marido y la “licencia marital” era como su sombra para todos los actos de la vida. Sin licencia, prácticamente, la mujer sólo podía hacer testamento. Sin licencia, la mujer no podía trabajar, ni cobrar su salario, ni ejercer el comercio, ni ocupar cargos, ni abrir cuentas corrientes en bancos, ni sacar su pasaporte, ni el carné de conducir,….Si contraía matrimonio con un extranjero perdía la nacionalidad y era considerada extranjera, aunque no saliese en la vida de España; perdían eficacia sus estudios, no podía ser funcionaria y necesitaba permiso para trabajar.
La lucha de las mujeres en España despega después de ser interrumpida bruscamente, violentamente, con los años obscuros de la dictadura y siempre resentida por la dura represión en la posguerra.
En 1963, en aquella España, el padre de familia tenía la potestad de disponer de sus hijos hasta el punto de poder darlos en adopción sin contar con el consentimiento de la madre, con el absoluto desamparo de la ley. Tal derecho estuvo vigente hasta 1970. Por fortuna, seguramente por la ignorancia social del mismo, fue poco utilizado.
Hasta el 21 de marzo de 1963, a cambio de una pena mínima, los maridos y los padres de esta España tenían legalmente reconocido el derecho a matar a sus esposas o hijas en el caso de que fueran sorprendidas el flagrante delito de adulterio. Se trataba de un derecho que trataba de disculpar el asesinato, siempre y cuando fuera cometido para lavar el honor y la honra del hombre.
La mujer engañada por su marido nunca gozó de tanta conmiseración, ni pudo hacer uso de este extravagante y atroz derecho del asesinato por honor. Si que gozó, en cambio, de otro no menos estremecedor: el derecho a matar a su hijo recién nacido, con una mínima sanción penal, siempre y cuando el crimen fuese cometido con la misma intención: la de ocultar la deshonra.
Aquel asesinato consentido tenía la rimbombante calificación de “infanticidio privilegiado” y se recogía así en el Código Penal: ”La madre que para ocultar su deshonra matare a su hijo recién nacido será castigada con la pena de prisión menor. En la misma pena incurrirán los abuelos maternos que, para ocultar la deshonra de la madre, cometieran ese delito”. En fin, en aquella España “diferente” de 1963, las agresiones sexuales se consideraban delitos “contra la honestidad” y el violador podía eludir la cárcel si obtenía el perdón de la víctima o si la llevaba al altar. Estas circunstancias eximentes, el perdón o matrimonio, provocaron que las mujeres con frecuencia, tras la violación, tuviesen que padecer presiones insoportables para perdonar a su agresor. Una presión que se sumaba a una cierta mirada social que culpabilizaba a la víctima: “Si es que van como van, y luego pasa lo que pasa”. Tanto la ley como esa mirada culpabilizadora hacía la víctima, permaneció vigente durante lustros.

En aquella España no sólo el aborto era delito, también lo eran el consumo, la venta o la publicidad de métodos anticonceptivos

FRANCO LEGALIZA LA REPRESIÓN

Aunque las cifras no sean todavía definitivas y, posiblemente no lleguen nunca a serlo, a estas alturas es indiscutible que la represión del vencido, su eliminación física o civil, constituyó uno de los objetivos fundamentales del régimen en los años posteriores al fin de la guerra. En esa España uno podía dar con sus huesos en la cárcel o terminar frente a un pelotón de fusilamiento por la mínima denuncia, aun cuando ésta no tuviera más base que la conveniente fabulación de un ciudadano afecto al régimen. Franco se dotó muy pronto de una cobertura legal que garantizaba una persecución prácticamente universal a quienes hubieran apoyado o sencillamente se hubieran quedado en sus puestos, al legítimo Gobierno republicano. Desde el 1 de abril se aplicó en toda España la Ley de Responsabilidades Políticas, cuyo artículo 1 proclamaba:

“Se declara la responsabilidad política de las personas, tanto jurídicas como físicas, que desde el primero de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936 contribuyeron a crear o agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que a partir de la segunda de dichas fechas se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional “.

La ley establecía una relación exclusiva de organizaciones y un largo articulado en el que se dictaban sanciones de confinamiento o inhabilitación por no haber pasado a la zona nacional, haber aceptado el cargo de consejero o gerente de una empresa, haber realizado cualquier acto a favor del Frente Popular o contra el Movimiento Nacional.



La ley adolecía de una doble aberración: era retroactiva en los delitos que perseguía y póstuma en sus efectos penales, que sobrevivían al condenado, recayendo tras su muerte sobre sus familiares más próximos. El amplísimo periodo que abarcaba y la dictaba, la lista de delitos que contemplaba, hacía que la mitad de España se pudiese considerar perseguida. Según datos de Reig Tapia, más de trescientas mil personas pasaron por el Tribunal de Responsabilidades Políticas. Las penas contempladas eran de inhabilitación absoluta, incautación de todos los bienes, extrañamiento o destierro, y perdida de la nacionalidad española. Muchas sentencias contemplaban el cuádruple castigo, es decir, a los condenados se les borraba del mapa.

DEPURACION


El diccionario de Maria Moliner es el primero que recoge la acepción del verbo depurar como: “Someter a investigación a un cuerpo u organismo para eliminar de él a personas consideradas peligrosas o desafectas al régimen que impera” Especifica el diccionario que esta acepción del verbo no figuró en el diccionario de la Real Academia hasta su edición de 1956. Es decir, en España se depuró y mucho sin que tal palabra tuviese aún, oficialmente, ese significado.

Cuando la autora del diccionario, la propia Maria Moliner, pone ejemplos que ilustran la aplicación del verbo escribe :”Depurar la administración, el partido, a los catedráticos”, seguramente no se le ocurrió el ejemplo por casualidad. A su marido, Fernando Ramón, catedrático de física de la Universidad de Valencia, lo expulsan de su cátedra nada más terminar la guerra. A la propia Maria Moliner, una de las primeras mujeres universitarias en la historia de España, que entonces era directora de Biblioteca de la Universidad de Valencia, también la degradan y la envían a un puesto de base en el Archivo de Hacienda, su anterior destino.

Y al menos salvó su vida, lo que no deja de ser una suerte. A Maria Moliner la colocó en la Universidad de Valencia el doctor Puche, secretario de Negrín, y sus tendencias políticas, próximas al comunismo, podían haberle costado la vida. De momento ella y su marido, con cuatro hijos, se enfrentaron a unos años duros que se prolongaron hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.


La ley que sentaba las bases de esta depuración, de 10 de febrero de 1939, establecía una sospecha general sobre todos los empleados de la Administración. Invertía la carga de la prueba de forma tal que debían ser los propios funcionarios quienes, mediante declaración jurada, demostrasen adhesión al Movimiento o cuando menos su nula actividad a favor de la República y su desvinculación absoluta con los partidos políticos y organizaciones proscritas por el régimen .
Miles de ciudadanos fueron retirados de los puestos que ocupaban dentro de la Administración, degradándolos en la escala laboral o sencillamente dejándolos sin trabajo. Tras la depuración impuesta en la Administración la medida se hizo extensiva a todas las profesionales: periodistas, abogados, médicos …. La practica se extendió y se aplaudió desde los medios afines. El 18 de agosto de 1939, el diario Informaciones titulada: “Catedráticos y profesores rojos no envenenarán más a los jóvenes”. Se hablaba de Sánchez Albornoz, Américo Castro, Pedro Salinas...

Las cifras de la depuración en la zona republicana son espectaculares. Según Javier Tusell, la mitad de los obreros del Canal de Isabel II, la mitad de funcionarios del Ayuntamiento de Barcelona, uno de cada cuatro diplomáticos y un tercio de los profesores de universidad fueron depurados por el régimen franquista.

La ideología de izquierdas, las actitudes contrarias al Movimiento, la militancia en organizaciones republicanas o el ateísmo podían ser causas suficientes para apartar a alguien de su carrera profesional.

Los efectos de la actividad depuradora, que se cebó especialmente con los profesionales de la enseñanza, se amplificaron con la ley de agosto de 1939, que establecía un vergonzante cupo en oposiciones y concursos oficiales, reservando ¡el 80 por ciento de las plazas! para personas vinculadas al bando nacional: mutilados, excombatientes, militares retirados, excautivos o huérfanos y viudas de las víctimas del ejercito republicano.

La depuración la utilizó el régimen como un arma de filos diversos. Con ella actuaba contra el trabajador degradado o expulsado del cuerpo al que pertenecía, que se veía abocado a reiniciar su vida con un pesado estigma. Tenía un segundo efecto ejemplificador sobre los compañeros del trabajador depurado: sabían a lo que se arriesgaban si se significaban políticamente. Y tercero, se utilizó para borrar cualquier huella dejada por la República. Y es aquí donde la agresividad y el odio de los que movieron los expedientes de depuración llegaron a alcanzar cotas surrealistas.

Cuenta Jesús Marchamalo, en su libro Bocadillos de delfín, que el gobernador de La Coruña, José María Arellano, llegó a pedir al responsable del registro que destruyese el folio de la inscripción de nacimiento de Santiago Casares Quiroga, que fue presidente del Gobierno de la República en las vísperas de la guerra civil. Según el gobernador, tal registro de nacimientos estaba constituido para “seres humanos y no para alimañas”.

No fue el único caso. El 5 de mayo de 1941, la Comisión Depuradora de Madrid, dependiente del Ministerio de Educación Nacional, quizás la que más trabajó de cuantas se construyeron en España tras la guerra, decidió la expulsión del cuerpo de catedráticos del poeta Antonio Machado, con la pérdida de todos los derechos pasivos.

“Visto el expediente de depuración instruido por esta Comisión al Catedrático del Instituto Nacional Cervantes, de Madrid, don Antonio Machado, y resultando que el señor Machado falleció en un campo de concentración en Francia en 1939, donde había huido ante al avance de las tropas nacionales en Cataluña, considerando que según las disposiciones vigentes se está en caso de declarar terminado este expediente y por depurada la conducta de aquél, visto el Decreto número 66, de 8 de noviembre de 1936, Ley de 10 de febrero de 1939, Orden del mismo año y sus concordantes y complementarias. La Comisión acuerda por unanimidad proponer la separación definitiva del Servicio a don Antonio Machado con la pérdida de todos sus derechos pasivos.

“Firmado: Juan del Álamo, D. Álvarez, m. Herrero y dos firmas ilegibles.”

Machado ya no necesitaba su sueldo, ni tenía mujer o hijos a quienes dejar nada. Cuando a Machado lo expulsan de su cátedra de instituto, el 24 de mayo de 1941, hacía dos años, tres meses y dos días que había muerto en su exilio francés de Colliure, tan pobre que tenía que compartir la última camisa nueva que le quedaba con su hermano, José, cuando tenía que bajar a comer a la pensión en la que estuvo alojado los últimos días de su vida.

Con el paso de los años, muchos de los depurados fueron rehabilitados. No fue el caso de Machado cuya memoria hubo de esperar cuarenta años hasta que el Ministerio de Educación del Gobierno presidido por Leopoldo Calvo Sotelo, precisamente exalumno del instituto en el que el poeta dio clases por última vez, le devolviese su condición de catedrático del instituto. La orden ministerial firmada por el titular de Educación, Federico Mayor Zaragoza, tiene pinceladas de belleza que contrastan con el frío lenguaje que impregna todo documentado administrativo, sobre todo el vergonzante decreto de su depuración: “Aunque sea a título póstumo, pues según sus palabras “hoy es siempre todavía”, es de un alto valor simbólico en el momento histórico que vivimos reincorporar al Cuerpo de Catedráticos de Institutos Nacionales de Enseñanza Media, que tan esclarecidos representantes de las letras y las artes ha producido, a don Antonio Machado Ruiz, patrimonio ya de todos los españoles”

Era el 31 de diciembre de 1981. Franco llevaba ya seis años muerto.2

PRESTAMOS NUPCIALES

El régimen de Franco estableció por decreto, el 22 de febrero de 1941, los “prestamos a la nupcialidad”. Se trataba de ciertas ayudas que las parejas recibían en proporción a su nivel de ingresos y devolvían a plazos sin intereses. Las mujeres cobraban el doble que sus maridos: una generosidad condicionada que se concedía siempre y cuando abandonasen su puesto de trabajo después de contraer matrimonio y se comprometiesen a no optar a otro empleo mientras el marido no estuviese incapacitado o en paro forzoso. El jefe provincial del Subsidio Familiar en Madrid explicaba, en una entrevista, los objetivos de estas ayudas: “Se pretende, con esta medida, que la mujer se dedique exclusivamente a la casa y, con ello, se favorece además la demanda de trabajo”, masculina, se entiende.



En España, estas intenciones de volver a “masculinizar” el mundo del trabajo, devolviendo a las mujeres al ámbito que los dirigentes franquistas consideraban “natural” para su condición, se explicaron muy pronto en sucesivas normas. En 1938, Franco promulgó el Fuero del Trabajo. La guerra aún no había terminado, pero el general ya había sido nombrado Jefe del Estado. La ley señalaba: “En especial, prohibirá el trabajo nocturno de las mujeres y niños, regulará el trabajo a domicilio y liberará a la mujer casada del taller y de la fábrica3.
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Termina la guerra y empieza la época de Franco con la posguerra, que fue mucho peor que la guerra. Había mucha hambre, hasta con un servicio de recogida de muertos por las calles, porque la gente se moría andando. No había comida. La población de Villena pasó de 15.000 a 20.000 personas. Villena era una gran ciudad para los habitantes de los pueblos de alrededor. El hambre lleva a la emigración de muchas personas a México, Argentina, Cuba, y Europa. En los años 50 esos países ya están industrializados y no necesitan más mano de obra sin cualificar. En los años 60 Franco no puede resistir más está situación. El Estado está a un paso de hacer suspensión de pagos y no queda otra salida que abrirse al exterior. El turismo entra formando desde entonces el mayor ingreso a la economía española. Villena también se moderniza. Hay menos agricultura y se abren muchas industrias de calzado: Manuel Reig, Calzados Flor, Irojei, Chico. Kikers. Se exportaba mucho a EEUU, sobre todo calzado infantil, se demandaba más de lo que se podía mandar. Biesca es la unión de varias fábricas para poder exportar con más facilidad. Hay empresas que hacían dos turnos al día: de 7 a 3 de la tarde y de 3 a diez de la noche. Un oyente de la conferencia comenta que su familia trabajó allí y dice que los dos turnos los hacían los mismos trabajadores y que llegó un día que trabajaron 27 horas seguidas, porque tenía que salir el barco y tenían que terminar4



1ANDER.- EGG, Ezequiel. (1980). La Mujer irrumpe en la Historia. Ed. Marsiega Colección “El mundo en que vivimos” . Vol. VI”



2 LAFUENTE Isaías. Tiempo de Hambre. Ed. Temas de hoy

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3 LAFUENTE, Isaías. Agrupémonos todas. Ed. Temas de hoy


4 RIOS Fernando “Villena de 1900 A 2000- Conferencia de en el Colegio de la Celada–Marzo 2005



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