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La representación de personajes homosexuales masculinos en la cuentística cubana de finales del siglo XX


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La representación de personajes homosexuales masculinos en la cuentística cubana de finales del siglo XX”. Por Jorge García De la Fe
Una nota previa a la publicación de los cuentos premiados por la revista habanera La Gaceta de Cuba en 1998, redactada por el narrador y ensayista cubano Leonardo Padura -quien fungió como jurado del concurso de ese año-, reconocía que los temas más recurrentes de los más de 160 textos enviados eran “el erotismo, el homosexualismo y el onanismo” (Fowler 7). En los últimos lustros se ha publicado -dentro y fuera de Cuba- un copiosísimo número de artículos y ensayos acerca de la ostensible presencia de una subjetividad homosexual en la narrativa cubana de finales del siglo XX.

El objetivo de este estudio de culminación de una maestría en Literaturas y Culturas Latinoamericanas en Northeastern Illinois University no es historiar dicho tema ni indagar en sus posibles causas, sino analizar literariamente, a partir de un corpus formado por ocho cuentos del referido período cuyos protagonistas son hombres centrados en sensibilidades homoeróticas, cómo éstas son construidas y representadas por el concierto de las voces narrativas.

El abordaje de cualquier trabajo relacionado con identidades focalizadas en la sexualidad actualmente constituye un reto casi insalvable. Cuando apenas uno está iniciando ese camino, siente ganas de retroceder, por cuanto -desde el punto de vista metodológico- existe una abrumadora teorización al respecto, de la cual los enfoques de autores como Michel Foucault, René Girard, Judith Butler y Eve Kosofsky Sedgwick son sólo una muestra.

En el libro Sexualidades en disputa: homosexualidades, literatura y medios de comunicación en América Latina, Daniel Balderston y José Quiroga comentan que Manuel Puig, autor de la conocídísima novela El beso de la mujer araña (1976), se resistió a definirse como “escritor gay” cuando los activistas de ese movimiento en el Brasil de 1982 lo presionaban a ello, y citan ciertas declaraciones del escritor recogidas por la ensayista Julia Romero:


La identidad no debería definirse por la actividad sexual, porque las actividades sexuales no deberían ser consideradas como significativas. Los homosexuales no existen; hay personas que practican actos homosexuales, pero este aspecto banal de sus vidas no debiera estatuir su identidad. (323)
Coincidimos totalmente con la postura de Manuel Puig, pues la identidad de una persona es el resultado de una integración multifactorial en la que su preferencia sexual no es más que un componente; además de que cada ser humano tiene legítimo derecho a asumir la manera en que quiere autodefinirse y ser identificado.

A lo largo de este trabajo, nos veremos precisados a utilizar vocablos como “homosexual” o “ gayi (en sus funciones sustantiva o adjetiva) -conscientes de las originales connotaciones asociadas con terminología médica y activismo social de dichas palabras- para nombrar a las personas que sostienen relaciones erótico-afectivas con otras de su mismo sexo. Optamos por emplearlas porque su uso las ha ido estableciendo, y porque son preferibles a palabras fuertemente peyorativas, condenatorias e indeseables que se emplean en la sociedad cubana, tales como: “pájaro”, “maricón”, “bugarrón” (para el hombre) y “tortillera” (para la mujer). Además, si renunciáramos a utilizar el término “homosexual” también habría que desestimar los de “heterosexual” o “bisexual” en virtud de los mismos razonamientos. También nos permitimos utilizar las expresiones “homoerotismo”, “sensibilidad homosexual” y “subjetividad homosexual”; todas en referencia –más o menos sinonímica- a individuos cuyo imaginario afectivo se relaciona con el hecho de sentirse atraídos por los de su misma filiación genérica.ii

Reiteramos que -independientemente de que afloren otros aspectos de interés a partir de la contrastación de los relatos examinados- el superobjetivo de este estudio es observar cómo se comporta el punto de vista del narrador respecto a la homosexualidad y los homosexuales en los cuentos que serán vistos. Esto nos lleva a la necesidad de avalar metodológicamente nuestros análisis con una teoría que se adecue a tales propósitos. Por tanto, nos valemos -con su anuencia- de las esclarecedoras ideas que sustenta Enrico Mario Santí en su ensayo “Retóricas de Gutiérrez Alea. Reconciliación: Fresa y chocolate”, a propósito del conocido y premiado filme cubano Fresa y chocolate (1993), cuyo guión se basa en el relato “El lobo, el bosque y el hombre nuevo” (1991), del propio autor Senel Paz, y que también forma parte del corpus de esta tesis. Santí afirma que la citada cinta:

No es tanto una película homosexual como un filme homosexualista , y en esto se comporta igual que un indigenista, quien nunca puede llegar a ser un indígena. Tanto el indígena como el homosexual son sujetos; pero tanto el homosexualista como el indigenista pretenden hablar en su nombre. No pueden constituir una subjetividad pero sí se apropian de su representación; quiéranlo o no, cada uno habla en nombre de su Otro. (307)

En algunas novelas cubanas de la década del noventa, como Máscaras (1997) de Leonardo Padura y El rey de La Habana (1999) de Pedro Juan Gutiérrez, aparecen personajes homosexuales y asuntos homoeróticos, pero ello no ocupa la centralidad de sus tramas. El corpus de los ocho cuentos que son objeto de análisis en esta tesis de grado sí se caracteriza por la total presencia de una subjetividad homoerótica masculina. Ellos son: “¿Por qué llora Leslie Caron?” (1988), de Roberto Urías; “El cazador” (1990), de Leonardo Padura; “El lobo, el bosque y el hombre nuevo” (1991), de Senel Paz; “La carta” (1994), de Pedro de Jesús López; “De nalgas al fondo” (1995), de Miguel Ángel Fraga; “Humo” (1995), de Jesús David Curbelo; “No me llames Maritza” (1997), de Alberto Abreu Arcia; y “El retrato de Dorian Gay”(1999), de Jorge Ángel Pérez.iii

La distinción de Santí expuesta más arriba entre las nociones de “lo homosexualista” y “lo homosexual”, aplicada al punto de vista desde el cual las obras artísticas representan el homoerotismo, nos servirá de pauta para examinar, en cada uno de los relatos que serán objeto de estudio, cómo se comporta la mirada del narrador. ¿Estamos ante una narración “homosexualista” o verdaderamente “homosexual”? Examinados -de conjunto- los ocho cuentos que conforman el corpus: ¿A qué conclusión podríamos arribar? ¿Se inicia en la década del noventa en Cuba lo que podríamos catalogar con toda propiedad como una narrativa homosexual? Nos sentiríamos satisfechos si pudiéramos responder a esas expectativas.

A la luz de la distinción del profesor y ensayista Dr. Enrico Mario Santí -aplicable a cualquier obra artística o literaria- entre mirada homosexualista, como punto de vista de un sujeto heterosexual que se apropia de la imagen del homosexual y la representa como objeto, y mirada homosexual, como aquella en que un sujeto homosexual se autorrepresenta desde su propia subjetividad, arribamos a las siguientes conclusiones acerca de los ocho cuentos homoeróticos cubanos analizados:

¿Por qué llora Leslie Caron? (1988) es un cuento homosexual, aun cuando el sujeto homosexual masculino exprese, a manera de lamento, la conflictividad de su inserción y reconocimiento en el marco de la familia y la sociedad cubana contemporáneas.

“El cazador” (1990) es un relato homosexualista, porque un narrador heterosexual –aún cuando no lo juzgue moralmente- se posesiona de la subjetividad erótica de un hombre homosexual para expresar sus frustraciones y anhelos.

“El lobo, el bosque y el hombre nuevo” (1991) como texto literario, al igual que el filme Fresa y chocolate a que dio origen, es de filiación homosexualista, porque accedemos al mundo de un intelectual habanero desde la visión de un joven heterosexual y comunista que reclama una mayor tolerancia social para ese otro, aun cuando disienta sexualmente de la heteronormatividad y tenga puntos de vista ideológicos diferentes de los gubernamentales.

“La carta” (1994) resulta ser la narración más difícil de etiquetar desde el binarismo santiano homosexual/homosexualista, porque va mucho más allá de la autorrepresentación de un sujeto homosexual o de la apropiación de una subjetividad homosexual por parte de un sujeto heterosexual. El hecho de que el punto de vista sea asumido no por un narrador, sino por una narradora, y de que la propuesta del texto consista en desestabilizar y desplazar identidades y roles sexuales exclusivos de la heterosexualidad y la homosexualidad, nos llevarían a reconocer la filiación Queeriv de este relato que deconstruye cualquier encasillamiento binarista

“De nalgas al fondo” (1995) es, sin lugar a dudas, un cuento homosexual. Se percibe, a través de toda su lectura, la autenticidad de la voz narrativa de un personaje que le cuenta a quien será su nueva pareja, la historia de la afectividad homoerótica que sostuvo con su compañero anterior, el cual ha fallecido por contagio de VIH.

“Humo” (1995) es una narración homosexualista, no homosexual. Se distingue de los otros textos por ser el único en que la narración adopta el punto de vista de una segunda persona; una segunda persona que no es un “yo” que se mira a sí mismo –distanciadamente- desde un “tú”, sino un “tú” (otro) que es representado desde un “yo” (narrador), el cual no ofrece pistas de que comparta las mismas preferencias sexuales que su personaje.

“No me llames Maritza” (1997) es un cuento homosexual a pesar de la utilización de un narrador omnisciente en tercera persona. Hay gran veracidad en las descripciones de los enmarañados, lujuriosos y violentos actos sexuales que ejecutan sus protagonistas. Es evidente que se trata de una experiencia de lo que se conoce en inglés con las siglas 56

BDSM18. En este caso particular, es presumible que el narrador no se apropia de una experiencia de sujetos que representa desde un homoerotismo referencial, sino vivencial.

“El retrato de Dorian Gay” (1999), decididamente, instaura una subjetividad homosexual plena en una narración cuyo protagonista nos relata -en primera persona- el contenido de una fantasía homoerótica con una figura icónica del mausoleo patriótico cubano del siglo XIX; fantasía que puede ser juzgada como delirante o perversa por el narratario, pero que no deja lugar a dudas de su autenticidad.

Tras el examen del corpus propuesto -conformado por textos de una indiscutible calidad literaria que ha sido refrendada por el otorgamiento de premios y por el interés suscitado en acercamientos críticos dentro y fuera de la Isla-, en virtud del objetivo rector perseguido y la metodología utilizada, nos atrevemos a afirmar que la década del noventa constituye, por el indudable interés en la representación del homoerotismo masculino, el momento en que se transita gradualmente desde miradas homosexualistas por parte de narradores heterosexuales hacia una subjetividad en la que narradores homosexuales protagonizan su autorrepresentación. Apelando a un decir metafórico: en la última década del siglo XX la cuentística homosexual cubana sale del closet.



i Existe una gran polémica respecto al uso del término gay en la cultura latinoamericana por cuanto se considera un acto de colonización sexual imperialista. (Ver los apéndices I y II del libro de Balderston y Quiroga mencionado).

ii Jambrina, pág. 10.

iii La selección del presente corpus nos fue sugerida por la apasionante pesquisa bibliográfica que desarrollamos, a lo largo del último año, en un conjunto considerable de ensayos y artículos sobre el tema, publicados -tanto de manera impresa como digital- dentro y fuera de Cuba. Algunos de los textos de la muestra no pudieron ser obtenidos directamente de las revistas y antologías en que vieron la luz originalmente, por lo que nos vimos precisados a contactar directamente a sus autores, los cuales amablemente nos los enviaron en formato digital. Hay otros textos de interés –según la ensayista Patricia Valladares-Ruiz-, los cuales no pudimos obtener por ninguna vía ni contactar a sus autores. Ellos son: “En la diversidad” (1997), de José Miguel Sánchez Gómez; y “Narciso en el espejo” (2000), de José Félix León.

iv Según Héctor Manuel Salinas, la teoría Queer cuestiona “el centrismo hegemónico del heterosexualismo [y deconstruye] tanto las formas heterosexistas de la sexualidad, como las identidades fijas del modelo dominante” (21).
Obras citadas

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57 58


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