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El presagio de América


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I.1.1. Una argumentación en favor de la definición utópica de América: "El presagio de América"

I.1.0.0. Introducción

Las narraciones míticas acerca de la existencia de un paraíso en la tierra se remontan, en el caso de la tradición occidental, a la Antigüedad Clásica y continúan circulando a lo largo y ancho de la Europa medieval. La asociación de América con estos relatos míticos conoce, en la literatura europea, un primer auge durante el Renacimiento para florecer de nuevo, con mayor vigor si cabe, en pleno siglo XIX. Posteriormente, el mensaje profético del norteamericano Waldo Frank sobre el sentido utópico de América, da lugar a un nuevo renacimiento del tema en la ensayística hispanoamericana de comienzos del siglo y lo proyecta como una promesa para el futuro del Nuevo Mundo.1 Alfonso Reyes y Waldo Frank, que traban amistad en el Madrid de los años veinte, coinciden en que el destino de América consiste en la realización de este proyecto utópico.2


A lo largo de su carrera, Reyes dedicará varios ensayos al sentido utópico del continente americano, ensayos que aparecerán recopilados, posteriormente, en una colección que verá la luz en 1960.3 En estos textos, Reyes prestará atención a dos aspectos de la utopía americana: así, al pasado le corresponderá el presagio de una tierra utópica que ocupa "la fantasía de los humanistas, los poetas y los navegantes desde antes del Descubrimiento"4; al futuro tocará la realización de la utopía en el sentido de una síntesis cultural transcendente. El Nuevo Mundo, cuyo terreno es el "más propicio para heredar y fundir las culturas anteriores" se convierte, pues, en un crisol predestinado a alcanzar esa síntesis cultural "en un sentido de universalidad hasta hoy no alcanzado"5.

Pues bien, dentro de la colección de ensayos, reunidos bajo el epígrafe Última Tule, el ensayo "El presagio de América"6, obra sobre la cual versa nuestro estudio, está construida a partir de varios argumentos que justifican la asociación de este continente con el sueño utópico nacido en la Vieja Europa. El objetivo de nuestro trabajo estriba en obtener una visión más clara de la argumentación que nuestro autor utiliza en "El presagio de América" con el fin de convencer al lector de que al Nuevo Mundo le corresponde el cumplimiento de esa misión utópica que se le ha destinado.


Como instrumento de análisis, hemos optado por la teoría argumentativa de Perelman (1989), quien, basándose en la retórica clásica, principalmente la aristotélica, dota de un renovado vigor a esta antiquísima disciplina. El principal representante de la vertiente instrumental de la neorretórica revaloriza la retórica, después de varios siglos, esta disciplina aproximándola a la visión que de ella tenía Aristóteles, esto es, como una teoría de la argumentación. Es de todos conocido que la retórica, desde la época romana, había ido perdiendo, poco a poco, su valor argumentativo y que la elocutio había venido a eclipsar las restantes vertientes que constituyen esta disciplina clásica. Ahora bien, la convicción de que la verdad no siempre es evidente ni demostrable ni única, permite a Perelman vincular la retórica con la filosofía, revitalizando, de este modo, una disciplina tan subjetiva. La retórica se convierte, pues, en una teoría válida para la argumentación y los elementos emotivo y estilísticos pasan a desempeñar un papel persuasivo y no meramente ornamental. Esta nueva perspectiva sobre la retórica, fundamentada teóricamente por Perelman, constituye el punto de partida idóneo para llevar a cabo el análisis de “El presagio de América”, objetivo principal del estudio que nos ocupa.
I.1.0.1. Una definición de América

En su ensayo "El presagio de América", Reyes defiende, a ultranza, una definición utópica del Nuevo Mundo.7 Señala Perelman (1989 § 50, § 333) que toda argumentación en favor de un determinado concepto suele iniciarse con la enumeración de dos o más acepciones posibles del término, tras lo cual el orador escoge una de ellas como la única definición satisfactoria. Nuestro autor respeta, en líneas generales, este esquema argumentativo, al proponer, inicialmente, dos definiciones de América. Ambas acepciones tienen su origen en la doble concepción europea sobre este continente, de manera que se puede afirmar que Reyes basa su definición de América en una configuración europea del Nuevo Mundo, esto es, en el modo en que la civilización europea del siglo XVI prefiguraba las tierras todavía desconocidas. Así, existe, por un lado, una configuración geográfica o científica que, en combinación con la necesidad económica, impulsa hacia la exploración de tierras desconocidas. Y, por otro, hay que aludir a la existencia de una prefiguración imaginaria o literaria de América, que adquiere su consistencia bajo la forma de mitos y leyendas de carácter utópico. De esta doble concepción europea sobre América, cabe inferir una doble definición del continente: en efecto, el Nuevo Mundo puede verse bien como una realidad científico-geográfica, bien como el resultado de un presagio mítico-utópico.8 Ahora bien, Alfonso Reyes considera la definición positivista de América incapaz de dotar de significado al Nuevo Mundo y presenta los frutos del imaginario europeo, esto es, la definición mítica de América, como la única operativa y satisfactoria.9


Tras haber apuntado el esquema argumentativo subyacente a esta parte introductoria del ensayo, es preciso atraer la atención sobre otro aspecto presente en las páginas preliminares de “El presagio de América”. El tono que caracteriza esta parte del ensayo dista mucho de ser austero y sobrio; por el contrario en sus páginas hallará el lector una amena y entretenida disertación. Y es que, con cierta regularidad, el ensayista introduce anécdotas y relatos que disipan el prescindible rigor de un texto ensayístico. Así, en cierto punto de “El presagio de América”, nuestro autor menciona el cuento Donogoo-Tonka de Jules Romains (1960), cuyo personaje principal es un eminente profesor de geografía que describe, en uno de sus libros científicos, una región de minas auríferas situada en Sudamérica y que responde al nombre de Donogoo. Los datos son erróneos y la región no existe. Este error arruina la reputación científica del profesor Le Trouhadec. Sin embargo, gracias a la credulidad de los aventureros y buscadores de oro, Le Trouhadec consigue convertir la región imaginaria en realidad y de este modo, es reivindicado como una autoridad en el área de geografía.

Al margen de este tipo de anécdotas y relatos de entretenimiento, el estilo de Reyes es tan variado que contribuye a convertir la lectura en un placer sumamente grato, en el que fórmulas poéticas como "la Tierra cuchicheaba al oído de sus criaturas los avisos de su forma completa"10 alternan con una prosa febril: "el presagio [de América] se lee en todas las frentes, brilla en los ojos de los navegantes, roba el sueño a los humanistas y comunica al comercio un decoro de saber y un calor de hazaña"11. Una vez aclarada estos puntos, conviene volver la vista sobre la argumentación propiamente dicha y examinar, más en detalle, cómo Reyes justifica el hecho de que sólo la utopía puede arrojar luz sobre el verdadero sentido del Nuevo Mundo y, en este sentido, legitimar como válida su definición de dicho continente.


I.1.0.2. Justificación de la definición de América

I.1.0.2.0. Argumento de transitividad

Con el fin de justificar esta definición utópica de América, Reyes subraya en primer lugar la relación causal que se establece entre el mito y el descubrimiento de América. Para ello, recurre a un razonamiento que Perelman (1989 § 54, § 353) denomina argumento de la transitividad. Este procedimiento lógico plantea que, si existe la misma relación entre los términos A y B que entre los términos B y C, es lícito concluir que esta relación también se establecerá entre A y C. En el caso concreto que nos ocupa, A podría identificarse con el mito utópico, el humanismo estaría representado por B y, finalmente, C vendría a ser (el descubrimiento de) América.

Para llevar a cabo nuestro trabajo, comenzaremos por analizar la relación entre A y B, esto es, entre el mito utópico y el humanismo. Una simple ojeada basta para reconocer que Reyes enumera, en orden cronológico, una gran cantidad de relatos míticos, todos ellos frutos de una larga tradición en la cultura occidental. El primero de estos mitos a los que alude nuestro autor tiene su origen en el antiguo Egipto: Anubis, el dios egipcio de la muerte, encargado de conducir las almas de los difuntos al más allá, "presidía a los muertos en alguna misteriosa parte del Occidente"12. A continuación, nuestro ensayista destaca cómo esta idea de un mundo desconocido ha sido cultivada, durante siglos, en la literatura y el pensamiento occidentales. Platón, por ejemplo, relata en su Timeo (1966: 41-43) y en el fragmento inconcluso de Critias (1966: 279-307) la antigua leyenda de la Atlántida, según la cual, el imperio de Poseidón, habiendo sido destruido por la poderosa Atenas, se sumergió en el Mar de Sargazos13. Séneca, por su parte, predice, en la tragedia Medea, el descubrimiento de un nuevo mundo, al que denomina la Última Tule.14 Pero dejemos que sea el propio Séneca (1953: 261) quien pronuncia esos proféticos versos: "Tiempos vendrán”, sentencia el filósofo, “al paso de los años en que suelte el océano las barreras del mundo y se abra la tierra en toda su extensión y Tetis nos descubra nuevos orbes y el confín de la tierra ya no sea Tule." A partir del siglo VI y durante toda la Edad Media, son varias las leyendas que circulan sobre un santo irlandés, llamado Brandán (Brenainn, Brendan), y cuyo viaje, en la época del primer cristianismo, le lleva a mares fantásticos y a islas encantadas. Una de estas islas utópicas recibe el nombre de la Isla de San Balandrán o la Isla de los Pájaros.15 Acto seguido, Reyes menciona una leyenda sobre la Isla de las Siete Ciudades, a la que, a menudo, se alude con el nombre de Antil16 (Antilia, Antilla, Antiglia) y, menos frecuentemente, con el nombre de Brazil, y de la cual existen varias versiones. Según una de ellas, siete obispos españoles huyen de la España conquistada por los árabes, mientras que otra variante afirma que se trataba más bien de obispos portugueses, defensores de Mérida.17 En todo caso, ambas versiones coinciden en el descubrimiento, por parte de los siete obispos, de una maravillosa isla, en aguas del Océano Atlántico, sobre la que la que fundan siete ciudades.18

Estos y otro mitos sobre diversas tierras vírgenes19, explica nuestro ensayista, fascinaron a los humanistas y los estimularon hacia la recuperación de las viejas utopías y, en particular, de los relatos clásicos. Hemos llegado, pues, al segundo paso de nuestro análisis, el que establece una relación causal entre A y B. En efecto, el estudio de los mitos les llevará, irremisiblemente, a creer en la existencia real de un continente desconocido: "Los humanistas se dan a estudiar y a traducir a Platón, Teopompo, Plutarco, Aristóteles, Tolomeo, Estrabón. Y en ellos encuentran aquella noción de una tierra desaparecida, llamada Atlántida, noción que lentamente fue ganando algún crédito."20 De este modo, concluye Reyes, "la Atlántida, resucitada por los humanistas, trabajó por América"21.


El siguiente paso en esta argumentación lógica será el establecimiento de una relación causal entre B y C, esto es, entre el humanismo y el descubrimiento de América. Para ello, Reyes nos informa de cómo los viajeros del siglo XV llevaban a cabo exploraciones, bajo las directrices, justamente, de los humanistas y cita, en apoyo de su argumentación, tres casos particulares de viajeros estimulados por el espíritu del humanismo: Buondelmonti, Niccolo de Conti y Ciriaco Pizzicolli d'Ancona. El ascendiente de estos pensadores sobre viajeros y cartógrafos y, en particular, las huellas de los mencionados relatos míticos parecen rastrearse, también, en los mapas confeccionados durante el siglo XV. Como señala Reyes, "el relato de Platón influye sobre los exploradores y cosmógrafos del siglo XV"22 y "los viajeros no humanistas por profesión parecían moverse bajo las instrucciones expresas de los humanistas"23.

En opinión de Reyes, esta ingente obra humanística en torno a los mitos utópicos ejerció una notable influencia sobre Colón: el genovés conoció al Ymago Mundi del cardenal de Aliaco, la Historia rerum del papa Pío II, Il Milione de Marco Polo, Travels de Sir John Mandeville y Le livre du chemin de lonc estude de Cristina de Pisan24, todas ellas obras sobre países imaginarios. Así, Pedro de Aliaco se refiere, en su Ymago, a lugares fabulosos donde habita gente bondadosa, de vida ilimitada. Marco Polo, por su parte, explica los aspectos sociales y políticos de la lujosa corte del rey Gran Kan. En el libro de Mandeville, sobre un imaginario viaje por Oriente, se alude al Rey de Campa o Cochinchina, y se afirma que posee catorce mil elefantes y mil mujeres. De Pisan relata, también, un viaje imaginario y describe todos los lugares que Mandeville consideraba inaccesibles, como es el caso de los cuatro ríos del Paraíso que tenían su fuente en el Edén.25

"Educado en estas lecturas", señala Alfonso Reyes, "Colón emprende el viaje, y no es extraño que, en su espíritu, las visiones fabulosas ocupen muchas veces el lugar de las realidades [...]"26. Observa el historiador Salvador de Madariaga que Colón manifiesta, en sus notas marginales al Imago Mundi del Cardenal Aliaco, mayor interés por joyas, piedras preciosas u otros artículos de valor comercial que por referencias a monstruos y fábulas, y esta apreciación no se le escapa a nuestro autor quien, sin embargo, prefiere hacer hincapié en el hecho, subrayado también por el propio Madariaga, de que Colón, “a medida que adelanta en sus exploraciones americanas, se va dejando embriagar por lo fabuloso”27. Una vez más, y por lo que respecta a los factores que determinan el descubrimiento, el ensayista mexicano opta por minimizar el aspecto “materialista” en beneficio de las motivaciones espirituales.
Hemos visto, pues, cómo los relatos míticos de carácter utópico, nacidos en el seno de la cultura grecorromana (A), estimularon, a través de los humanistas (B), a los viajeros, en general, y a Colón, en particular hacia la búsqueda de nuevas tierras desconocidas (C), en las que encontrar un referente real para esas fabulosas leyendas de riqueza y felicidad.

La tesis sostenida por los primeros de los primeros historiadores del descubrimiento, según la cual Colón pensaba descubrir un mundo desconocido, contradice la creencia, hoy generalmente aceptada, de que el genovés se interesaba por encontrar una nueva ruta hacia el Oriente y pensaba haberla hallado cuando puso pie en tierras americanas.28 Reyes es consciente de esta discrepancia entre su versión de los hechos y la tesis de los historiadores más recientes y, sin embargo, se atreve a señalar que no es preciso aceptar la hipótesis de la búsqueda de una nueva ruta hacia Oriente para reconocer la influencia del mito utópico como estímulo decisivo que llevó Colón a emprender la aventura del descubrimiento.29 Por otra parte, Reyes establece una nítida distinción entre Colón y otros marinos, de los que afirma que eran mercaderes impulsados por el afán de obtener riquezas, mientras que el genovés era un descubridor animado por el espíritu del Humanismo.30 Con todo, otras fuentes, según las cuales Colón –pese a su rico y vasto imaginario– se interesó, sobre todo, por los beneficios de su viaje –a fin de cuentas, un proyecto comercial–, contradicen el punto de vista defendido por nuestro autor.31


En cualquier caso, el estilo del que hace gala Alfonso Reyes continúa siendo igual de entretenido, variado y vivo que en la parte introductoria del ensayo. Este logro estilístico basa su eficacia en la feliz y sabia combinación de la exposición argumentativa con pequeñas narraciones, descripciones o diálogos llenos de fantasía y encanto, como si de cuentos ficcionales se tratara, como queda de manifiesto en el siguiente pasaje, en el cual el ensayista ofrece detalles divertidos y sumamente plásticos acerca de los seres fantásticos que pueblan la utopía del cardenal de Aliaco:
Según él, hay los que comen peces crudos y sólo beben agua de mar, y hay los que aúllan como perros en vez de articular palabras; hay Cíclopes, hay Amazonas; hay los que tienen un solo pie que, cuando se acuestan, les sirve de sombrilla; hay hombres acéfalos y otros con los ojos en la nuca; y hay los dulces ribereños del Ganges que mueren al más leve olor repugnante y se nutren con el aroma de las frutas. 32

El ejemplo más claro, en “El presagio de América”, de esta tendencia a intercalar estructuras propias de la ficción que, en algunos casos, incluso, llegan a vencer el predominio de la exposición argumentativa característica del ensayo, lo constituye la pequeña “comedieta de Colón”, una conversación ficticia entre Martín Alonso Pinzón y Cristóbal Colón33, en la que nuestro autor imagina un diálogo entre ambos viajeros. Este diálogo, como era de esperar, viene a confirmar la tesis expuesta, más arriba, por Reyes, según la cual el genovés buscaba aquel paraíso de abundancia y felicidad del que hablaban las leyendas de la Antilia, y no una nueva ruta hacia el Oriente o Cipango, inspirado en los relatos de Marco Polo sobre Cathay, el imperio legendario del Gran Kan (Can)34 o sobre la isla de Cipango, rica en oro y piedras preciosas35. He aquí un pequeño fragmento de este ameno diálogo ficticio:





  • Andáis empeñado, Cristóbal, en descubrir una tierra nueva. […] no acabo de persuadirme que hayáis caído en esos desvaríos de la Antilia.

  • ¿Queréis que os lo repita? Papeles, libros, conversaciones de prácticos, las noticias que recogí durante mi corto viaje a Guinea, ¿os parece todo desatino? ¿Pues de qué otro modo se aprenden las verdades? No se descubrieron así Porto-Santo y Madera? Yo os digo que, al Occidente de las Islas Canarias y del Cabo Verde, hay todavía mucha tierra por descubrir, y que aquí daremos con la Antilia, donde en otro tiempo se refugiaban los portugueses perseguidos, al isla de las Siete Ciudades que ponen las antiguas cartas y el Globo de Behaim. Y si he disimulado mis esperanzas, lo hice aconsejado justamente por vos […] ¿Y ahora os pregunto yo a mi vez: ¿Qué tiene de más vuestro Cipango que mi Antilia?36

Resulta evidente que esta conversación, pese a ser una ficción, funciona como un alegato en favor de la tesis defendida por Reyes en “El presagio de América”. Esta finalidad de la “comedieta” se torna más perceptible cuando Colón explica el verdadero significado de lo que, entre historiadores, se considera la prueba de que Colón pensaba encontrar una nueva ruta al Oriente, a saber, la carta que llevaba consigo y que había sido dirigido al Gran Can por los Reyes Católicos.





  • No ignoráis, Cristóbal, lo mucho y bueno que sobre el Cipango se ha escrito […] También os confieso haber oído de algunas islas que habían de salirme al encuentro, y una de ellas puede ser vuestra Antilia.

  • Así fue que pudiéramos llegar a un acuerdo .

  • Y por eso yo os prometí y os di los medios materiales de la empresa […] a trueque de que me ofrecierais seguir la derrota hasta el Cipango.

  • Y por eso, Alonso, […] consentí en traer conmigo, a fin de dejaros satisfecho, la Carta Real para el Gran Can de la India, por si en efecto arribamos a su reinado.37


I.1.0.2.1. Simetría

El argumento de la transitividad es sólo la primera parte de la justificación que Reyes prevé de su definición utópica de América. A ello, añadirá, el mexicano, otro razonamiento que ofrece notables semejanzas con el argumento de simetría conocido, también, como de reciprocidad (Perelman 1989 § 53, 343 y ss.). A este respecto, cabe indicar que una relación es simétrica cuando su conversa es idéntica, esto es, cuando existe la misma relación entre B y A que entre A y B. Entre los relatos utópicos y América, ya lo hemos visto, se establecería una relación causal, dado que, a juicio de reyes, las narraciones fantásticas estimularon los viajes que acabaron con el descubrimiento de América. Pero sucede que, también, la relación inversa se cumple, esto es, el descubrimiento de América supuso una renovación radical del del pensamiento utópico.38

Don Alfonso argumenta, de hecho, que la influencia del descubrimiento en la creación de nuevos relatos fantásticos en la Europa de los siglos XVI y XVII no es menos importante que la relación inversa que acabamos de comentar. En efecto, el hallazgo del Nuevo Mundo causó una conmoción tal en Europa que, a raíz del descubrimiento se incrementó, considerablemente, la publicación de nuevas narraciones utópicas.39 Estos relatos, entre los cuales nuestro autor enumera una serie de ejemplos, ponen de manifiesto asimismo, la renovación de la mentalidad europea, en tanto que, a través de ellos, los humanistas confirman y desarrollan la imagen ideal de América como un reino de felicidad y fortuna.40

Erasmo, señala Reyes, publica Insitutio principis Christiani41, Moro, por su parte, escribe Utopía, libro que se vincula, claramente, con el descubrimiento de América, ya que el narrador es marinero y compañero de Vespucio.42 En Pantagruel y Gargantúa de Rabelais43, la princesa Babedec es hija del rey de los Amaurodes (los utópicos de Moro) y la carta de Gargantúa a su hijo es enviado desde Utopía, sin olvidar que el comportamiento de aquél se muestra contrario a las reglas utópicas de la vida monástica.44 Entre los ensayos de Montaigne, merece especial atención el titulado "Des cannibales" (I, 31), una defensa de las costumbres, no tan bárbaras como cabría pensar, de una tribu brasileña.45 Tasso, a su vez, describe las clásicas Islas Felices, en los cantos XV y XVI de Gerusalemme deliberata.46 Nuestro autor menciona, también, la utopía de Bacon, titulada La Nueva Atlántida47 y la de Tomás Campanella, que recibe el nombre de La ciudad del Sol.48 Una vez más, la tradición literaria de Europa, sirve, a Reyes, como base para justificar su definición utópica de América.

Sin embargo, el mexicano no se limita a citar libros sobre la utopía, para probar el destino mítico de América, sino que también ilustra su argumentación con ejemplos tomados de la realidad. Así, con ejemplos de la vida real. Así, América fue el refugio de perseguidos y un terreno propicio para proyectos utópicos del catolicismo. A modo de ejemplo, recuerda, nuestro autor, las fundaciones mexicanas del obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, y el proyecto jesuítico del Paraguay.49

Volviendo sobre la relación de reciprocidad que se establece entre América y las narraciones utópicas, convendremos, con Perelman, en que el argumento de simetría permite hacer hincapié en el motivo mismo de la reciprocidad, en este caso la utopía. En efecto, merced a la recíproca relación entre América y los relatos utópicos, Reyes se ve autorizado a conceder una notable importancia al concepto mismo de “utopía” como base para su definición del continente americano. Al final de su ensayo, pues, nuestro autor reitera esa definición del Nuevo Mundo que constituyó la tesis defendida en su exposición de “El presagio de América”: "O éste es el sentido de la historia, o en la historia no hay sentido alguno. [...] La declinación de nuestra América es segura como la de un astro. Empezó siendo un ideal y sigue siendo un ideal. América es una Utopía."50


I.1.0.3. Conclusiones

Dos rasgos de “El presagio de América” no han dejado de llamar nuestra atención a lo largo de este análisis. En primer lugar, hemos visto cómo Reyes adopta una perspectiva exclusivamente europea sobre la materia, aunque se trate, precisamente, de justificar una definición de América. En segundo término, nuestro autor concede una importancia extraordinaria a textos literarios en su razonamiento. Finalmente, la rigidez subyacente a la argumentación no se deja adivinar, en absoluto, durante la lectura del ensayo. A modo de conclusión de este breve estudio, profundizaremos en cada uno de estos aspectos.

No es exagerado afirmar que nuestro autor funda su argumentación en favor de la definición de América exclusivamente sobre aspectos europeos, ya sean estas las intenciones de los primeros exploradores del Nuevo Mundo51, ya sea la propia literatura nacida en la Vieja Europa. En efecto, son los mitos clásicos europeos que preceden al descubrimiento los que constituyen la tradición literaria sobre la que se apoya el ensayista mexicano para justificar su definición; igualmente, los relatos utópicos escritos a raíz del descubrimiento pertenece a la tradición europea y son utilizados por nuestro autor en favor de su argumentación. Esta alto grado de autoridad concedido a la tradición literaria europea por lo que a cuestiones americanas se refiere es muy corriente en los ensayos de Alfonso Reyes quien estima a "las Humanidades como el vehículo natural para todo lo autóctono"52 y considera imprescindible dominar la tradición literaria europea para alcanzar lo auténticamente americano.

Este mismo punto de vista europeo puede vislumbrarse en el resto de los ensayos que conforman el libro dedicado a la utopía americana. Así, en otro de sus escritos53, Reyes señala que Waldo Frank encontró el sentido de Hispanoamérica "porque no la visitaba en su superficie exterior, sino en su intimidad genética, gracias al previo entendimiento de España"54. Por lo que respecta a la imagen del descubrimiento ofrecida por Reyes, resulta evidente que las exploraciones de los europeos constituyen, para el ensayista mexicano, sobre todo, una empresa espiritual, el resultado de un impulso místico55 en busca de unos mitos inexistentes y, sólo en un segundo término, reconoce, en dichos viajes, una voluntad alentada por los intereses económicos o científico-geográficos. Esta idea es la base –históricamente muy discutible para no decir incorrecta– constituye la base sobre la que se apoya toda la argumentación de “El presagio de América”. De hecho, si no se aceptara este punto de partida, el razonamiento que sostiene la definición utópica de América se vendría abajo, dado que es precisamente el interés de los europeos por un mundo mejor lo que confiere a América su identidad, una identidad que constituye, al tiempo, un proyecto para el futuro: la Utopía.


Si nos orientamos hacia la fuerza persuasiva de “El presagio de América”, consideramos demostrado que Reyes se sirve, en esta defensa de la identidad utópica de América, de un razonamiento bien construido y cuyos procedimientos principales se pueden reducir, en grandes líneas, a los esquemas de transitividad y de reciprocidad, tal y como Perelman los describe. Ahora bien, la rigidez y el equilibrio subyacentes a la argumentación no se dejan adivinar, fácilmente, durante la lectura del ensayo. Por el contrario, diversas estrategias textuales –entre las cuales algunas pertenecen al lenguaje ficcional– ocultan la orientación firme y inequívoca del ensayo. Anécdotas divertidas, divagaciones, narraciones, descripciones, comentarios eruditos, citas poéticas, bromas, e, inclusive, una pequeña "comedieta" amenizan la lectura y hacen que la argumentación central parezca menos trascendente, al tiempo que eliminan lo que podría llegar a ser una molesta intención persuasiva demasiado obvia.

El hecho de que los argumentos racionales se esconden bajo una apariencia literaria tan exquisitamente elaborada, desde el punto de vista estilístico, revela que los elementos realmente substanciales del ensayo no se hallan en la perfección del argumento de la transitividad o de la simetría, sino, precisamente, en los aspectos formales que sustentan esta argumentación: los efectos de la belleza estilística, el encanto de la narración ficticia, el toque de fantasía… Así, pues, cabe concluir que Reyes busca persuadir, emocionalmente, al lector de la influencia que mitos y leyendas, en definitiva, narraciones imaginarias basadas en procedimientos literarios, pueden ejercer sobre los seres humanos y sus acciones. De no hacer hincapié en este aspecto, nuestro análisis ofrecería una imagen falsa de “El presagio de América”, ensayo que, como hemos visto, no se reduce a meros esquemas argumentativos racionales en favor de la identidad utópica de América.




1 La esencia del mensaje de Frank a Hispanoamérica se encuentra en los artículos de The Re-discovery of America, (1929) y en America Hispana: A Portrait and a Prospect (1931). Tres ejemplos de otros ensayistas del siglo XX que asocian América a la utopía: Pedro Henríquez Ureña (1925), Germán Arciniegas (1975) y Ezequiel Martínez Estrada, quien sostiene en el ensayo "El nuevo mundo, la isla de la utopía y la isla de Cuba" (1963) que Cuba es la realización de la Utopía de More.

2 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 138, 151, 173.

3 El tomo XI de las Obras Completas (1a edición 1960, 2ª edición de 1982).

4 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 138.

5 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 142.

6 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 11-62.

7 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 11-12, 58, 60.

8 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 17, 25, 29, 60-61.

9 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 12.

10 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 13.

11 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 14.

12 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 12.

13 Consulten, en el estudio de Babcock, los mapas y los testimonios de marineros relacionados con restos de la Atlántida en el mar. (1922: 3, 23-32). Babcock reflexiona sobre la relación entre ficción y realidad en la leyenda de Platón. (1922: 11-33) Durante el siglo XV y XVI, varias islas (como la Antilia y el Brazil) figuraron, en los mapas, como restos de este continente perdido. (Penrose, 1960: 12-13)

14 Sobre Séneca y el presagio de América, ver Aínsa (1987: 7-26). Tule es también el nombre que Colón ha dado a Islandia en 1477. (Ballesteros Berreta, 1945: 293).

15 Cfr. la anti-utopía de Aristófanes llamada Los pájaros. Esta utopía se construye no en el cielo de los dioses sino en el cielo de los pájaros. Los pájaros son venerados como si fueran los verdaderos dioses. Sin embargo, la reacción de los dioses del Olimpo es violenta y la nueva ciudad de los pájaros acaba siendo destruida. (Lapouge, 1973: 18-22) Reyes (“El presagio de América”: 13) menciona La Isla de los Pingüinos, un libro de Anatole France, publicado en 1908 e inspirado en la antigua leyenda de San Brandán. En el relato fantástico de A. France, asistimos a la aventura de San Mael, quien se encuentra con una comunidad de pingüinos en la antigua península Armoricana (Bretaña). Los pingüinos se transforman en hombres y, a continuación, la nación Pingüinia le sirve de pretexto al autor para exponer, de modo satírico, la historia de Francia. En el libro de France, resultan evidentes los ecos de Rabelais, de Montaigne, de Voltaire, de Swift y de los clásicos griegos.

16 Sobre las localizaciones del nombre Septem Civitates o Antilia en mapas del siglo XIV, XV y XVI, sobre las hipótesis acerca del origen del nombre Antilia y sobre la relación con las Antillas, Cuba y las Azores, consúltese Babcock (1922: 69-71, 74-80, 144-163, 188)

17 Babcock, 1922: 71-74.

18 Penrose, 1960: 13.

19 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 12-13, 17.

20 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 28.

21 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 17.

22 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 28.

23 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 29.

24 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 13, 29, 30, 41, 42. Según Cioranescu, Colón era mucho más culto de lo que se suele admitir y se le puede considerar como un verdadero humanista. (1967: 11-58). Ymago Mundi o Tractatus de Imagine Mundi, Cardenal Pedro de Aliaco (Pierre d'Ailly), Lovaina, entre 1480 y 1483. (Ballesteros Beretta, 1945, tomo I: 351) Edición moderna de Buron, 1922. El libro, en posesión de Colón y anotado por él, contiene textos de Aristóteles y Platón confrontados con los textos sagrados. (Ballesteros Beretta, 1945, tomo I: 497-498). Historia rerum ubique gestarum, Venecia, 1477, es una enciclopedia histórica y cosmográfica que también estuvo en posesión de Colón y contiene anotaciones de su mano y letra. (Ballesteros Beretta, 1945, tomo I: 497); Il Millione, 1298; Travels, 1356, de Madariaga, menciona la influencia de Mandeville (Cipango, Cathay) en la imaginación de Colón. (1939: 198, 275) Ballesteros Beretta asegura que el libro de Mandeville se perdió, pero que Colón lo manejó con asiduidad (1945, tomo I: 495).

22 Livre du chemin de longue estude, escrito entre 1402 y 1403. Edición moderna de 1973, de J.B. Eagle.

25 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 42. Penrose, 1960: 228.

26 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 43.

27 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 13.

28 Fernández Oviedo, Gómara, Hernando Colón, Bartolomé de las Casas y posteriormente también Herrera apoyan la tesis de que Colón pensaba descubrir un mundo, o bien nuevo, o bien olvidado. Posteriormente, Beaumont y Robertson consideran que el proyecto de Colón tenía dos objetivos posibles : descubrir un nuevo continente o encontrar una nueva ruta hacia Asia. Más tarde, Navarrete, Irving y Morison no conocen más finalidad del viaje colombino que la ruta hacia el Asia. (O'Gorman, 1984: 23-30) En este siglo, y como único caso, Vignaud sostiene, todavía, que el verdadero propósito de Colón era encontrar un nuevo continente. Ballesteros Beretta critica esta opinión de Vignaud y señala que el argumento de más peso contra la tesis de la búsqueda de un nuevo mundo es la carta de los Reyes Católicos que Colón llevó consigo y que iba dirigida al Gran Kan, emperador de Cathay. (Ballesteros Beretta, 1945: 22-26; 324)

29 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 40-41.

30 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 41.

31 Pastor, 1983: 30, 84, 85.

32 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 42.

33 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 35-40

34 Marco Polo, Il Millione. (1290) (Penrose, 1960: 13) Cathay (China) será una obsesión colombina: Colón acaba por pensar que Cuba es Cathay. (Pastor, 1983: 52)

35 En un primer momento, Colón confunde Cuba con Cipango (Japón). (Pastor, 1983: 52)

36 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 37-38.

37 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 38.

38 Perelman señala que el argumento de reciprocidad se basa en los nexos entre el antecedente y el consecuente de un mismo hecho (el descubrimiento de América). (NR, § 53, 344)

39 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 58.

40 Perelman explica que los ejemplos, a fin de corresponder a la calidad de prueba, deben constituir hechos no susceptibles de duda. Además, tienen que ser numerosos y diferentes entre sí, para, así, poder demostrar que las diferencias no dañan el principio general.

41 1516. Sobre la relación estrecha entre el pensamiento utópico de Erasmo y de Moro, ver Philips, 1981: 90-91.

42 Lapouge, 1973: 134-135. 1516. Edición moderna de Andrews, s.d.: 129-234.

43 Pantagruel, 1532. Gargantua, 1534. Ver "Las Canarias y las Indias en Rabelais", Cioranescu, 1967: 89-105, sobre la idea del buen salvaje en Gargantua y Pantagruel.

44 Lapouge, 1973: 138-139.

45 1580, sobre todo las adiciones de los textos B de 1588 (Friedrich, 1968: 216-219). Otro ejemplo del escepticismo de Montaigne: en el ensayo "Des coches" (III, 6) el ensayista critica a los colonos españoles por haber envenenado al buen salvaje con la barbarie europea. (Montaigne, 1969)

46 1581.

47 1627. Edición moderna de Andrews, s.d.: 235-272. Detalles sobre Bensalem, la ciudad del cristal en Lapouge, 1973: 142-148.

48 1623. Edición moderna de Andrews, s.d.: 273-317.

49 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 58. Véase Lapouge, 1973: 148-151, sobre el proyecto de Ignacio de Loyola en Paraguay.

50 “El presagio de América”, Ultima Tule, O.C. t. XI: 60.

51 Stabb opina que, en la ensayística sobre la identidad de América, es muchas veces el contacto íntimo con la cultura europea o una estancia en Europa que permite definir o ver con más claridad la problemática identidad americana. (1967: 74, 112) Según él, es tanto el caso de ensayistas norteamericanos (Waldo Frank) como de hispanoamericanos (Vasconcelos, Mariátegui, Paz).

52 Última Tule, O.C. t. XI: 160-161, 171, 174.

53 “Significado y actualidad de Virgin Spain”, Última Tule, O.C. t. XI: 136-149.

54 “Significado y actualidad de Virgin Spain”, Última Tule, O.C. t. XI: 139.

55 El propio Reyes utiliza este término en el ensayo “Atenea política” (Tentativas y Orientaciones, O.C. t. XI: 190) con respecto a la colonización de Hispanoamérica. En este texto, clasifica el imperialismo ibérico no bajo los imperialismos económicos, sino que lo describe como “un caso mixto”, una “mezcla de codicia y gloria, de religión y hazaña).


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