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Autores: Dr. Ricardo de la Vega Marcos


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Rendimiento = 2



Variables

Media

Desviación Standard

Mínimo

Máximo

N

Ansiedad de Rasgo

35.71

7.79

21

56

164


Estado de ansiedad

36.50

8.48

19

65





Gráficas 10.7. Estadísticas descriptivas de acuerdo con el grado de rendimiento. Deportistas mujeres.

Rendimientos = 0



Variables

Media

Desviación Standard

Mínimo

Máximo

N

Ansiedad de Rasgo

38.60

11.05

31

68

10


Estado de ansiedad

43.80

12.93

26

68




Rendimientos = 1



Variables

Media

Desviación Standard

Mínimo

Máximo

N

Ansiedad de Rasgo

38.26

9.95

10

53

23


Estado de ansiedad

38.43

7.25

26

51



Rendimientos = 2



Variables

Media

Desviación Standard

Mínimo

Máximo

N

Ansiedad de Rasgo

38.03

8.49

26

56

30

Estado de ansiedad

36.67

9.54

14

54



En las tablas, se puede observar en el caso de los hombres que los resultados del subgrupo de rendimientos bajo posee valores promedios del test que son superiores a los de los subgrupos siguientes. Algo similar ocurre en el caso de los resultados de las mujeres. Entre las conclusiones del trabajo se corrobora que el estado de ansiedad presenta una repercusión mayor en los rendimientos del deportista que los efectos de la ansiedad como rasgo.


10.3. Modelos Explicativos e Intervención Psicológica.
Existen un conjunto de modelos explicativos de las reacciones emocionales de los deportistas, unos con un grado u otro de complejidad Cratty (1975), Biernacka, (1986), Anshel, (1990).
Ucha, (1993) en una investigación realizada con 91 deportistas de alto nivel competitivo obtuvo por medio del análi­sis de regresión lineal paso a paso de unas 14 variables psicoló­gicas, un modelo matemático que establece que el control emocio­nal se relaciona con los valores del grado de agresividad, en la escala del mismo nombre, en el test de escalas cortas de Butt, (1979) la disposición a entrenar y competir valorada por medio de expertos (entrenadores) y la ansiedad reactiva o de estado, obtenida por la escala del test de ansiedad de Spielberger, (1970).
En una investigación posterior, Ucha, (1993) intento corroborar con otros 50 deportistas de alto rendi­miento la legitimidad del modelo desarrollado en el primer estu­dio. Se pudo observar un 5% de error en la predicción del grado de control emocional, lo que establece una cierta eficiencia de las fórmulas matemáticas empleadas, si bien, se concluyó que es necesario crear un sistema que permita calificar la idoneidad de los expertos (entrenadores) que se emplean para la valoración del grado de disposición a entrenar y competir.
Todas estas evidencias nos hablan del significado que puede tener la ansiedad en el transcurso de la competición. Todo demuestra que una garantía del éxito deportivo en las condiciones de competición se relaciona con la capacidad de autocontrol del deportista. En el centro de esta aseveración colocamos al propio deportista y el reconocimiento del papel activo que tiene su personalidad en la regulación de su comportamiento y la consecución de sus metas.
Por ello, el trabajo de preparación psicológica debe estar dirigido al desarrollo de estas capacidades de autocontrol en las condiciones de realización de la contienda por obtener el éxito en la competición. La comprensión de este fenómeno es a veces rechazada por los propios entrenadores, quienes pretenden dirigir al deportista en todo momento: entrenamiento y competición, y no en asegurarse de liberar al deportista para poder analizar cuales son sus capacidades de autocontrol y toma de decisión en los momentos más difíciles de los encuentros deportivos.
El proceso de entrenamiento, los sistemas de modelación de las situaciones de las competiciones cruciales y de la competición preparatorias deben ser un campo de ensayo para la libre participación del deportista. El reconocimiento, respeto y desarrollo del papel activo del deportista en todo el proceso de la actividad deportiva deberían constituir un principio de trabajo para muchos entrenadores.
En este sentido, la tarea del entrenador debe estar dirigida más que a controlar el deportista como si fuera una marioneta a conocer sus expectativas. Una variable de influencia para la interacción óptima entrenador-deportista está dada por el conocimiento especializado del entrenador, que incluye su capacidad de insertar las informaciones correctas en el momento oportuno y capacitar a los deportistas en la autorregulación de su estado actual (en especial en lo emocional), su esfuerzo (volitivo) y la ejecución de sus movimientos.
La dirección efectiva de esta tarea pedagógica y psicológica demanda un conocimiento, lo más exactamente posible, de las formas de reacción y comportamiento de los deportistas, en especial durante la dinámica de la competición y después del éxito o el fracaso en las mismas y exige del entrenador conocimientos sobre las medidas de preparación mental empleadas y dominadas por los deportistas.
Un análisis del contenido y la dirección de la comunicación que se lleva a cabo entrenador deportista nos revela que casi en un 80% de la información emitida por el entrenador tienen como propósito: indicaciones correctivas, reglamentaciones sobre el comportamiento, explicaciones sobre el decurso de los movimientos, exigencias sobre el comportamiento de acuerdo con las normas. Éstas son comunicadas frecuentemente al deportista por el entrenador a partir de un comportamiento autoritario. Sólo el 18% de las retroinformaciones tienen lugar del deportista a los entrenadores sobre situaciones de actualidad, preocupaciones, miedos, causas de errores sufridos, deseos de comportamiento y otras más. Estos desequilibrios en el comportamiento comunicativo de los entrenadores para con los deportistas se experimenta como insatisfactorio y cargante.
Al mismo tiempo, hay que agregar que el volumen de la información que en muchos casos es superior a la que puede ser interpretada por el deportista en los pocos momentos de descanso, o en las salidas del juego, en los casos en de los deportes que tiene estas posibilidades. El deportista regula, sin embargo, su comportamiento fundamentalmente a partir de las reflexiones propias fruto de sus percepciones motoras, representaciones motoras, emociones, motivos y sentimientos. Por tal razón, hay que tomar en cuenta el proceso activo de autocorrección y el entrenador no debe usar sólo de forma intensificada las valoraciones que realizan de la actuación del deportista sino encaminar sus acciones hacia el mejoramiento, por parte de los deportistas, de la calidad de las funciones regulativas de su personalidad.
10.4. Recomendaciones Prácticas para los Entrenadores.
Los deportistas quieren participar de manera más activa en el proceso de la preparación y actuación en las competiciones, encontrando aquí mayor observancia sus propias experiencias, representaciones, deseos y sentimientos Una programación óptima de los procesos de interacción entre entrenadores y deportistas constituye parte esencial de la preparación mental de competición. En este sentido es necesario recomendar a los entrenadores:


  • En el intercambio de información durante la competición se deben reforzar, apoyar e intensificar las acciones positivas.

  • No utilice la retirada del afecto y la amonestación como medio de presión porque la probabilidad de que el deportista desarrolle un temor mayor aumenta.

  • Realice las indicaciones con la mayor tranquilidad y ecuanimidad posible, esa manera serán aceptadas, procesadas en estado relajado y aplicadas por los deportistas.

  • Piense que las personas y entre ellas el deportista en condiciones de estrés puede procesar directamente como máximo de 2 a 3 instrucciones. Evite las generalizaciones, diga concretamente lo que el deportista tiene que realizar, esto evitara ambigüedades e incertidumbre.

  • Mientras más complicada sea la actuación en la competición, menos presión admite el deportista porque el soporte cognitivo afectivo de las acciones complejas se vera afectado y deteriorado.

  • En caso de derrotas es necesario sustituir los sentimientos de culpa señalando los aspectos positivos del juego a fin de evitar que algunos deportistas se enreden en la trama de sus propias emociones negativas y pierdan el interés por el juego.


10.5. Las Emociones Después de la Competición.
Singular importancia tiene para el estudio de las emociones en el deporte el análisis de las vivencias de éxito y fracaso como consecuencia de los resultados de las acciones en las competiciones. Las acciones exitosas pueden conducir hasta un estado afectivo de alegría y entusiasmo. Las vivencias de fracaso se reflejan en las situaciones compe­titivas de manera profunda y permanente, acompañadas de sensacio­nes de derrota, confusión, desánimo y de la pérdida de la auto­ confianza. Es primordial destacar el carácter permanente que pueden tener las vivencias de éxito o fracaso sobre la personali­dad del deportista.
En la práctica, las vivencias de triunfo o derrota deben acla­rarse, primeramente, a partir del conocimiento de las deficien­cias que presenta el deportista. A menudo, éstas se relacionan con una disposición deficiente a rendir y para realizar los esfuerzos volitivos y estas circunstancias se empeoran con las derrotas y puede conducir hasta la negación a seguir participando. Estas deficiencias pueden no tener relación con la condición física del deportista y estar relacionadas con su historia depor­tiva, en el sentido de las circunstancias en que tuvieron otras derrotas, lesiones y períodos de bajos rendimientos.
Al respecto, Ilg (1985), señala que la capacidad para enfren­tar las vivencias de fracaso con elevada disposición y optimismo es insuficiente en los deportistas con rendimientos pobres. De manera, que se establece una cierta relación entre los resultados depor­tivos que caracterizan al deportista y su capacidad para enfren­tar los fracasos y por otra parte el débil desarrollo y bajo nivel de sus patrones de comportamiento se relacionan también con la incapacidad para resistir los fracasos.
Estos deportistas presentan falta de alegría al ejecutar las acciones, actitud competitiva débil, disposición pobre para rendir y capacidad de concentración baja. En gran parte las vivencias de éxito y fracaso surgen por el resultado de: procesos anteriores al hecho competitivo relaciona­dos con las valoraciones subjetivas previas de los rendimientos que se propone el deportista.
Así poseen importancia los factores siguientes:

a) El rendimiento que se debe alcanzar se planifica con antici­pación dentro de la orientación de las acciones del deportista. Dicha orientación contiene objetivos concretos, estrategias de acciones y su fundamento y, está determinado en el contexto social. El entrenador y el deportista invierten un tiempo considerable pensando en estas circunstancias, hablando y realizando planes alrededor de los rendimientos, todo ello crea una fuerte expecta­tiva.

b) Las probabilidades subjetivas, los pronósticos respecto a la realización del rendimiento están en dependencia del grado de los atributos de las condiciones psíquicas y físicas del deportista, de la evaluación propia de la capacidad de rendimiento y del grado de auto confianza en sus propias capacidades. Pero además, participan la experiencia del deportista y sus condiciones inte­lectuales. Existe un conjunto de actitudes que determinan la interiorización de las metas a alcanzar. La actitud hacia sí mismo, hacia el éxito y los valores.
El rendimiento planificado, el que piensa alcanzar el deportis­ta, cumple en la ejecución de la acción una función de dirección, orienta al deportista acerca de la regulación de sus esfuerzos y en el control del comportamiento. Este rendimiento es un “catalizador” de sus fuerzas y representa el nivel de aspiración del deportista para la actividad competitiva concreta.
Para una correcta explicación de las vivencias de éxito y fracaso se deben analizar las diferencias entre el nivel de aspiración y el rendimiento alcanzado. Cuando no hay una relación estrecha entre los dos aspectos surge una contradicción en el mundo interno del deportista, que se califica, habitualmente, como discrepancia en el logro del objetivo.
El logro o no de un ejercicio no conduce mecánicamente a viven­cias de un tipo u otro. Son importantes las condiciones siguien­tes:

1) Los requisitos para el rendimiento deben encontrarse, funda­mentalmente, dentro del potencial de rendimiento del deportista y tiene que existir una probabilidad elevada de realización.

2) Las vivencias de éxito y fracaso surgen de la discrepancia entre el nivel de aspiración y el resultado objetivo alcanzado. Las vivencias de fracaso repetidos son las que sólo producen cambios negativos en los rendimientos que el deportista aspira y finalmente en su nivel de exigencia.

3) Son decisivas para el fortalecimiento y permanencia de las vivencias la magnitud de la discrepancia entre el nivel de aspi­ración y el alcanzado, y la significación subjetiva derivada de los objetivos sociales y personales del deportista.


Regularmente, el aumento del nivel de aspiración resulta más marcado después de un triunfo que la disminución después de la derrota. En ocasiones, podemos constatar que el deportista realiza una subestimación marcada y muchas veces constante de los rendimien­tos que se propone lo que debe interpretarse como una escasa disposición para el movimiento, la comodidad y la pereza. No obstante, puede existir la realidad, confirmada empíricamente y observada fre­cuentemente de los deportistas con buenos rendimientos, de evaluar el propio rendimiento con subestimación. De esta manera, se procuran estos deportistas, y hasta equipos completos, vivencias de triunfos de una manera segura.
Para la formación de las metas, el psicólogo y entrenador deben acometer un conjunto de acciones durante la preparación del deportista (aspectos sobre los que profundizaremos en el Módulo 3.7.):

  Es necesario tener una valoración de la estimación de sí del deportista. La confianza que tiene en sí mismo, su necesidad de éxito, si es afirmada o difusa, las reacciones positivas ante el éxito o el fracaso, la sobrestimación de sus propias cualidades físicas y morales.

  Emplear el procedimiento de establecimiento de metas.

  Elevar la moral deportiva de los deportistas.

  Tener siempre en cuenta la formación de los valores y convic­ciones.
Según lo planteado hasta aquí, debemos agregar algunas observa­ciones de los efectos de las vivencias de éxito o derrota sobre la personalidad del deportista. Al respecto, Ilg (1985), señala cómo las vivencias de éxito y fracaso constantemente influyen en la personalidad, en la que, en primer lugar, son influidas las actitudes y la esfera afectiva, ya que ellas hacen la parte sustancial y dinámica en la regulación del comportamiento.
Pero los efectos posibles del triunfo o la derrota no tienen que caracterizarse, mecánicamente, como alternativas "positivas" o "negativas". De qué manera se forma una vivencia de éxito o fracaso está determinado en última instancia por la estabilidad psíquica, es decir, la capacidad compleja de regulación de la personalidad.





Vivencias de éxito

Vivencias de fracaso

Vivencias de fracaso

positivo

negativo

positivo

negativo

Emociones

Alegría

relajado eufórico

optimista


Alegría, desordenado

Persevera

Disgusto

desgano pesimismo resignado



Disposicióna rendir.


Aplicación

Valor


Capacidad

Recuperado



Pereza Cansancio

Satisfacción




Voluntad Compensación

Falta de decisión.

Inhibición



Autoestima

Confianza

en sí mismo

Seguridad


Sobre valoración de sí mismo. Arrogancia

Autocrítica.

Modestia.



Falta de Confianza en sí mismo.

Sub-valoración



Gráfica 10.8. Efectos de las vivencias de éxito y fracasos
Como se puede apreciar, las vivencias de éxito o fracaso pueden actuar tanto negativa como positivamente sobre la motivación del deportista. Si logran aumentar la motivación aparece un ánimo exaltado. En la derrota el deportista puede sentirse también estimulado a elevar sus rendimientos, sobre todo, resultado de la necesidad de sobre compensación, los deseos de recuperar el prestigio y el reconocimiento.
Tanto el fracaso como éxito pueden influir como inhibidores del comportamiento; según Ilg, (1985) ocurre durante esfuerzos extraordinarios, principalmente de los deportistas de poco rendi­miento o pobre experiencia deportiva. Derrotas frecuentes conducen finalmente, a una resignación o a reacciones agresivas, descompensación psicológica, regresión, resistencia a actuar, depresión y exhaustado.
Uno de los graves problemas que desencadenan las vivencias de fracaso se relaciona con la pérdida de dicho control, generalmen­te beneficia al organismo y la vida mental del sujeto.
La percepción del control se define como el sentimiento que tiene un individuo de que gobierna su propio comportamiento. Cuando el individuo percibe que es capaz de determinar lo que sucede a su alrededor se dice que tiene control interno. Por el contrario, si percibe que los acontecimientos en su medio ocurren independientemente de su capacidad y esfuerzo para controlarlos, es decir si atribuye el control a otras personas o entidades, se dice que tiene locus de control externo.
La percepción constante del deportista, de que sus respuestas son insuficientes o inútiles para controlar la situación competi­tiva, provoca en él un sentimiento de incapacidad o desamparo que puede conducirlo a experimentar problemas de motivación, cognos­citivos o emocionales.
En la actualidad estos fenómenos se explican mediante la “Teoría de la Indefensión Aprendida”, expuesta por M. E. Seligman (1992). Se postula que la expectativa de que una consecuencia sea indepen­diente del comportamiento: 1. Reduce la motivación para controlar las consecuencias; 2. Interfiere en el aprendizaje de que respon­der podría controlar la consecuencia y, si la consecuencia es de naturaleza traumática; 3. Produce temor, ya que el sujeto siente que las consecuencias son incontrolables, lo que, a su vez le produce depresión.
De acuerdo con L. Y. Abramson y cols. (1978) el déficit de motivación consiste en un retardo en la iniciación de las respuestas volun­tarias, mostrando pasividad, lentitud intelectual o inadecuación en las relaciones sociales, lo que, naturalmente, produce depre­sión. El déficit cognoscitivo consiste en la dificultad para aprender las respuestas que producen los resultados, y se mani­fiesta en la incapacidad para percibir las contingencias, o sea, en la consideración, por parte de los individuos depresivos, de que sus acciones son inútiles para obtener reforzadores. Final­mente, el déficit emocional se manifiesta en la disminución afectiva y en la reducción de la agresividad y de la competición.
La ausencia de la expectativa de poder controlar la situación provoca un sentimiento de desamparo y consecuentemente afecta el desempeño de los sujetos. La falta de control produce inicialmen­te frustraciones y ésta va siendo sustituida por el desamparo en que falta más el control. La hipótesis de la indefensión aprendida es primeramente "cognoscitiva”, es decir, que la simple exposición a aconteci­mientos incontrolables no es suficiente para producir los déficit asociados a la incapacidad. Además, de la exposición, es necesario tener expectativas de que los resultados son incontrolables, para que el sujeto demuestre su incapacidad.
Cuando las personas descubren implícita o explícitamente su incapacidad, se preguntan el "por qué" de ella y hacen atribucio­nes respecto a cuál es la causa. La atribución causal que hace (resultante de la falta de contingencia, pasada o presente, entre la conducta del sujeto y sus consecuencias) influye en la percep­ción de que no hubo contingencia pasada o presente y, conse­cuentemente, en la formación de expectativas personales de futu­ras contingencias.
La expectativa de la futura falta de contingencia es la respon­sable de la aparición de los síntomas propios de la incapacidad aprendida y la atribución de la falta de contingencia entre sus actos y las consecuencias deseadas que éstos deberían generar, contribuye a su vez, en el sujeto, a una nueva causa de depresión. En este sentido, el psicólogo y el entrenador pueden acometer un conjunto de acciones para evitar que el deportista pase a un estado de inca­pacidad aprendida como resultado de derrotas en competiciones.
T. Orlick (1986) empleó el sistema de establecimiento de metas y plantea: "Es necesario que entre las metas que se le propone al deportista para la competición de lugar a una meta relacionada con su auto aceptación exitosa, esto ayudará a abordar construc­tivamente las metas no alcanzadas. Muchas veces, las metas prees­tablecidas no se alcanzan, aunque han sido planteadas de modo realista y perseguidas fuertemente. Si falla al tratar de alcan­zar una meta de ejecución exitosa, naturalmente el deportista estará muy frustrado, y ello no es extraño. Debe, sin embargo, ser capaz de aceptarse a sí mismo como un ser humano que puede tener un fracaso. No encontré nunca a un deportista que intencionalmente haya tratado de rendir pobremente. Debe tenerse esto en mente y el deportista, también, cuando piense en las metas no alcanzadas. Hay que persuadirlo que la condena no sirve a ningún propósito útil".
Según Orlick (1986), hay que decirle al deportista " Si tu decides que te aceptarás a ti mismo (tú en tu totalidad), aunque una ejecución, pueda salir mal, está menos propenso a sufrir la clase de frustraciones y distracciones que contribu­yen elevar la ansiedad y bajar el rendimiento. Eres también, menos susceptible de caer en estado depresivo después del fracaso en alcanzar una meta, y consecuentemente más libre para ser humano y aprender y crecer como resultado de ello. En algunos casos, el aceptarse a sí mismo ( y a aquellos que están a tu alrededor), sin tener en cuenta el éxito de la ejecución, puede ser difícil de hacer, pero a la larga, es más difícil no hacerlo"
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